Cuando las grandes potencias se confrontan, los países medianos pagan la factura. México necesita una postura, no silencio.

La semana pasada, la administración Trump aceleró su confrontación con Irán en múltiples frentes simultáneos: amenazas de represalias militares directas, presión económica mediante sanciones reforzadas y señales de inteligencia que, según fuentes oficiales estadounidenses, apuntan a objetivos iraníes "próximos a completarse". Los mercados financieros, con su habitual brutalidad honesta, no se convencieron. El petróleo se movió, pero sin el pánico que una guerra real provocaría. Wall Street descuenta que esto es negociación de alta presión, no el primer acto de un conflicto armado.

Pero descartarlo como teatro geopolítico sería un error de análisis que México no puede permitirse.

El patrón que todos conocen pero pocos nombran

La doctrina Trump en política exterior tiene una lógica reconocible: presión máxima, amenaza creíble, oferta de salida, acuerdo en sus términos. Lo aplicó con China en la guerra arancelaria de 2018-2019. Lo aplicó con México en 2019, cuando amenazó con aranceles del 25% hasta que el gobierno de López Obrador desplegó a la Guardia Nacional en la frontera sur. Lo está aplicando ahora con Irán.

El problema es que Irán no es México ni China. Teherán opera con una racionalidad estratégica diferente: tiene actores proxy en múltiples países, controla el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo— y su régimen interno soporta la presión de maneras que una democracia electoral no puede. Los ataques reportados contra refinerías en la región no son accidentales: son mensajes codificados en el lenguaje que Irán lleva décadas usando.

Esto no es un conflicto bilateral. Es un conflicto sistémico con consecuencias globales.

Lo que está en juego para el comercio internacional

Aquí es donde la discusión deja de ser abstracta y se vuelve concreta para México.

El T-MEC —Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá— vincula a México de manera estructural con la economía estadounidense. Aproximadamente el 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Cualquier perturbación severa en la economía norteamericana —una escalada militar que dispare los precios energéticos, una recesión inducida por shock externo— golpea a México de manera asimétrica y directa.

El Capítulo 32 del T-MEC, que regula las disposiciones macroeconómicas y de tipos de cambio, no contempla mecanismos de ajuste ante shocks geopolíticos externos. México negoció ese tratado asumiendo un entorno de relativa estabilidad internacional. Ese supuesto está siendo cuestionado semana a semana.

Más específicamente: si el estrecho de Ormuz se cierra o se restringe severamente —escenario que Irán ha activado en el pasado, incluyendo durante la crisis de 2019— los precios del petróleo pueden dispararse a niveles que desestabilicen presupuestos públicos en toda América Latina. México es exportador neto de petróleo, lo que en teoría beneficia sus ingresos fiscales. Pero Pemex opera con una deuda que supera los 100,000 millones de dólares y una capacidad de refinación deteriorada. Un alza temporal en los precios del crudo no rescata a Pemex; solo pospone el diagnóstico.

El silencio de México como postura

La Secretaría de Relaciones Exteriores ha guardado silencio calculado sobre la crisis en el Golfo Pérsico. En el México de la 4T, la "doctrina" de política exterior se resume en no intervención y diálogo —principios que, aplicados sin criterio, se convierten en omisión estratégica.

No intervenir en conflictos ajenos es un principio sensato. Pero tener una postura clara sobre el derecho internacional, la integridad del comercio global y la estabilidad de los mercados energéticos no es intervención: es defensa del interés nacional.

México tiene asiento en organismos internacionales. Tiene relaciones diplomáticas con Estados Unidos, con países europeos y con actores del Medio Oriente. Tiene intereses comerciales que dependen de la estabilidad de las cadenas globales de suministro. El silencio en este contexto no es neutralidad: es abdicación.

La lección que Turquía aprendió y México todavía no

Turquía es un caso de estudio en cómo un país mediano puede navegar entre grandes potencias en conflicto sin renunciar a su soberanía ni a sus intereses. Durante la guerra en Ucrania, Ankara mantuvo relaciones funcionales con Moscú y con la OTAN simultáneamente. Vendió drones a Ucrania. Facilitó negociaciones de grano. Negoció con sus propias condiciones la adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN.

No lo hizo porque Erdogan sea un genio geopolítico. Lo hizo porque Turquía tiene una doctrina de política exterior clara, instituciones de cancillería robustas y la disposición de usar su posición geográfica y política como palanca de negociación.

México tiene cartas igualmente valiosas: frontera con la economía más grande del mundo, tratado comercial preferencial, posición en América Latina, relaciones con Cuba y Venezuela que Estados Unidos no puede replicar. Esas cartas valen algo. Pero solo valen si se juegan con inteligencia estratégica, no si se guardan por temor a incomodar a Washington.

Lo que debería hacer México

Primero: articular una postura pública sobre el conflicto en el Golfo Pérsico que defienda el derecho internacional, la libertad de navegación y la integridad del comercio global. No es tomar partido entre Washington y Teherán. Es defender los principios que benefician a un país exportador como México.

Segundo: iniciar internamente una evaluación de exposición económica ante un escenario de escalada energética. ¿Cuánto aguanta el presupuesto federal si el petróleo sube a 120 dólares por barril durante seis meses? ¿Y si baja abruptamente cuando el conflicto cede? Pemex no puede ser la única variable en esa ecuación.

Tercero: usar los canales del T-MEC para plantear, en el marco del Comité de Comercio de Mercancías y otros órganos del tratado, la necesidad de cláusulas de contingencia ante shocks geopolíticos externos. El tratado es un instrumento vivo. México tiene derecho a proponer su evolución.

Cuarto: fortalecer la cancillería. Una crisis geopolítica de esta magnitud exige diplomáticos de carrera con experiencia en derecho internacional, no operadores políticos. Si México quiere negociar desde la fortaleza —como debe hacerlo—, necesita el equipo técnico para sostener esa fortaleza en mesas internacionales.

Conclusión

Los mercados dudan de que Trump vaya a la guerra con Irán. Probablemente tengan razón. Pero los mercados también subestimaron en 2022 la determinación de Rusia de invadir Ucrania, y las consecuencias energéticas y alimentarias golpearon a países que ni siquiera estaban en el mapa del conflicto.

México no puede darse el lujo del desinterés. La geopolítica no respeta a quienes prefieren no opinar. Solo respeta a quienes llegan preparados a la mesa.

Y México lleva demasiado tiempo llegando tarde.


Por Andres Castillo