La crisis entre Washington y Teherán no es un asunto lejano. Es una prueba de si este país tiene la capacidad institucional y la visión estratégica para proteger su economía.
El Golfo Pérsico está en llamas. Irán ataca refinerías. Trump anuncia objetivos 'próximos a completarse'. Los mercados no se convencen. Y en Washington, el presidente de los Estados Unidos destituye a su propia fiscal general mientras el Departamento de Justicia exige datos electorales sensibles a los estados. Todo en la misma semana.
No estamos ante una serie de noticias inconexas. Estamos ante un reordenamiento del poder global que tiene consecuencias directas, medibles y urgentes para México.
Empecemos por lo que más importa a quienes producen, exportan e invierten en este país: el precio del petróleo y la estabilidad del T-MEC. Cualquier escalada seria en el Golfo Pérsico empuja los precios del crudo al alza. Para Pemex, que necesita petróleo barato para refinar —porque Dos Bocas no produce lo que prometió— eso es un problema fiscal inmediato. Para las empresas del sector logístico y manufacturero que operan en el corredor norte, el alza en combustibles es inflación directa en sus cadenas de costos. No es teoría: ya ocurrió en 2022 con la invasión rusa a Ucrania, y la economía mexicana lo resintió durante meses.
Pero hay un problema más profundo que el precio del barril.
El costo de no tener posición
México lleva semanas sin una postura clara frente a la confrontación entre Estados Unidos e Irán. El principio de no intervención, que durante décadas fue un escudo de política exterior inteligente, se ha convertido en la coartada perfecta para la parálisis diplomática. No intervenir no significa no tener criterio. Significa no tomar partido en conflictos ajenos. Pero cuando el principal socio comercial del país está al borde de una guerra en una región que mueve el 20% del petróleo mundial, el silencio no es neutralidad: es negligencia estratégica.
Los países que salen mejor librados de las crisis geopolíticas son los que llegan con posiciones claras, canales abiertos y propuestas concretas. No los que esperan a ver cómo se acomoda el tablero para reaccionar.
El sector productivo mexicano —automotriz, aeroespacial, manufactura avanzada, logística— vive de la certidumbre. Las decisiones de inversión que se toman hoy en Detroit, Stuttgart o Tokio sobre dónde colocar capacidad en América del Norte dependen de que México proyecte estabilidad, no incertidumbre acumulada sobre incertidumbre.
La señal que manda Washington
Lo que ocurre en el interior de Estados Unidos no es menos relevante que lo que ocurre en el Golfo. La destitución de Pam Bondi como fiscal general —por el manejo de los archivos Epstein, según versiones oficiales— y la presión del Departamento de Justicia sobre los estados para acceder a datos electorales sensibles dibujan un patrón: la consolidación del control político sobre instituciones que deberían operar con autonomía.
Eso debería preocuparnos, no porque nos corresponda opinar sobre la política interna estadounidense, sino porque un socio que debilita sus propios contrapesos institucionales es un socio menos predecible. Y la imprevisibilidad, en las relaciones comerciales, tiene un costo que se mide en primas de riesgo, en contratos que no se firman y en inversiones que se desvían.
No es ideología. Es cálculo.
El caos como estrategia tiene límites
Algunos analistas han argumentado esta semana que Trump usa el caos de forma deliberada: como herramienta de negociación, como distracción, como mecanismo para mantener a todos —aliados y adversarios— en estado de incertidumbre permanente. Puede que tengan razón tácticamente. Pero cualquier empresario entiende la regla básica: no puedes gestionar una operación compleja desde el caos indefinido. En algún punto, el caos deja de ser palanca y se convierte en el problema mismo.
Los mercados lo están diciendo. Las amenazas de represalia contra Irán no han generado el repunte que Trump esperaba. Los bonos del Tesoro no reaccionaron como en otros episodios de tensión geopolítica. Hay una fatiga de credibilidad que los números reflejan antes que los titulares.
Para México, eso significa una ventana. Cuando el vecino grande está absorbido en múltiples frentes simultáneos —Irán, el control interno del aparato judicial, las tensiones con sus propios estados— hay espacio para que México construya posición. Pero construir posición requiere tener instituciones funcionando, una política exterior con doctrina clara y un aparato económico que inspire confianza.
¿Tenemos eso hoy?
Lo que no podemos seguir ignorando
El INEGI reportó en su última medición que la inversión fija bruta lleva trimestres por debajo de su potencial. El Banco de México ha mantenido una postura cautelosa precisamente porque la incertidumbre externa —aranceles, geopolítica, política comercial de Washington— no permite relajar la guardia. Y mientras tanto, el gobierno federal sigue priorizando proyectos de retorno político sobre reformas estructurales que mejoren la competitividad.
No es momento de parálisis. Es momento de exigir que quienes toman decisiones en este país entiendan el tamaño del tablero en el que estamos jugando.
Los que generamos empleo, pagamos impuestos y operamos en la economía real no tenemos el lujo de esperar a que el mundo se estabilice solo. Necesitamos certeza jurídica ahora, política energética coherente ahora, y una diplomacia económica que defienda los intereses del sector productivo mexicano con la misma energía con que otros gobiernos defienden los suyos.
La pregunta que esta edición deja sobre la mesa no es qué va a pasar en el Golfo Pérsico. Esa respuesta la darán los próximos días.
La pregunta es: cuando el polvo se asiente, ¿México habrá aprovechado el momento o habrá sido, una vez más, espectador de su propio destino?
Por Eduardo Rios