Cuando la lógica militar desplaza a la lógica comercial, México paga el costo de la distracción estratégica de su socio más importante

La semana que debía ser la semana del gran acuerdo comercial entre Estados Unidos y China se convirtió, en cuestión de días, en la semana de los misiles sobre el estrecho de Ormuz. No es un dato menor. Es, en realidad, el dato central para entender hacia dónde va la política exterior estadounidense en los próximos meses y qué significa eso para México.

La administración Trump había construido una narrativa precisa: los aranceles son presión, la presión genera negociación, la negociación produce acuerdos. Era una estrategia de coerción económica con una lógica interna que, aunque discutible en sus métodos, tenía coherencia. La escalada arancelaria con China era el tablero principal. Todo lo demás debía subordinarse a ese objetivo.

Luego llegó Irán. Y el tablero se volcó.

El costo de pelear en dos frentes

Ninguna potencia —por más recursos que tenga— puede sostener simultáneamente una confrontación económica de largo aliento con la segunda economía del mundo y una operación militar activa en el Golfo Pérsico sin que algo ceda. Lo que cede, invariablemente, es la atención, el capital político y la coherencia estratégica.

La renuncia de Michael Waltz como asesor de Seguridad Nacional y el nombramiento de Mike Mullin para sustituirlo no es un cambio de guardia rutinario. Es el síntoma de una administración que reorganiza prioridades en tiempo real. Mullin asume el cargo con 100,000 empleados del Consejo de Seguridad Nacional en situación de pago suspendido —un dato que habla de un aparato burocrático bajo tensión extrema— y con tres crisis simultáneas sobre la mesa: Irán, China y la desorganización interna provocada por los recortes de DOGE.

Eso no es fortaleza. Es dispersión.

El T-MEC en un entorno de incertidumbre geopolítica

Para México, la implicación directa es esta: la revisión del T-MEC programada para 2026 se negociará en un contexto geopolítico radicalmente distinto al que existía cuando se firmó el tratado en 2020.

El Artículo 34.7 del T-MEC establece el mecanismo de revisión conjunta cada seis años, con la posibilidad de que las partes acuerden extensiones o modificaciones. La siguiente revisión formal comienza en julio de 2026. Pero las negociaciones reales —las consultas técnicas, las posiciones de apertura, los intercambios de propuestas— ocurren antes. Ocurren ahora.

Una administración estadounidense distraída por una operación militar en Medio Oriente, con un nuevo asesor de Seguridad Nacional que aún no consolida su posición, con el despliegue de cientos de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en 14 aeropuertos del país generando caos operativo en los principales centros logísticos, es una administración con menos capacidad de concentración negociadora. Eso puede ser una ventaja para México. También puede ser una trampa.

Es una ventaja si México llega preparado, con posiciones técnicas sólidas y una estrategia de largo plazo. Es una trampa si México interpreta la distracción estadounidense como permiso para no prepararse, o peor aún, si permite que otros actores —grupos de presión sectoriales, cabilderos, intereses particulares— llenen el vacío que deja la atención fragmentada de Washington.

La agenda comercial no espera al Pentágono

Hay una falacia que circula en los análisis geopolíticos superficiales: que cuando hay una crisis de seguridad, la agenda económica se detiene. No es así. La agenda económica no se detiene; simplemente pierde supervisión ejecutiva. Y cuando pierde supervisión ejecutiva, la llenan los técnicos, los lobistas y los intereses organizados.

Cuando se negoció el capítulo 32 del T-MEC —el famoso artículo que establece que cualquier parte que negocie un acuerdo de libre comercio con una economía no de mercado debe notificarlo a las otras partes con tres meses de anticipación, otorgándoles el derecho a terminar el tratado y negociar uno bilateral— México no midió completamente las implicaciones de ese lenguaje. El resultado fue una cláusula que convirtió a México en rehén de la política comercial estadounidense frente a China, sin que México recibiera contraprestación equivalente en ningún otro capítulo.

Esa es la clase de cesión que ocurre cuando la parte más débil de una negociación no llega con suficiente preparación técnica y suficiente voluntad política de resistir.

La distracción de Washington no cambia esa dinámica estructural. Si acaso, la agudiza.

Lo que México debería hacer

En primer lugar, acelerar la preparación técnica para la revisión del T-MEC. No esperar a que Washington fije el calendario. La Secretaría de Economía debe tener, hoy, posiciones de apertura en cada uno de los capítulos sensibles: reglas de origen en el sector automotriz, mecanismos de solución de controversias en energía, disposiciones sobre inversión extranjera. Si esas posiciones no existen aún en documentos internos detallados, hay un problema serio de preparación institucional.

En segundo lugar, leer correctamente el entorno geopolítico. La confrontación entre Estados Unidos e Irán tiene consecuencias directas para los precios del petróleo y para la economía global. México es un productor petrolero con una empresa estatal altamente endeudada y con capacidad de refinación deteriorada. Una subida sostenida en el precio del crudo mejora los ingresos de Pemex en papel, pero no resuelve sus problemas estructurales. La tentación de usar esa mejora coyuntural para posponer reformas de fondo sería un error costoso.

En tercer lugar, diversificar activamente los vínculos comerciales sin abandonar la relación con Estados Unidos. El T-MEC seguirá siendo el eje de la economía exportadora mexicana por décadas. Pero la diversificación hacia la Unión Europea —el T-MEC con la UE lleva demasiado tiempo en proceso de ratificación— y hacia economías de Asia-Pacífico no es una alternativa al T-MEC; es un seguro de largo plazo.

El argumento final

La geopolítica no respeta calendarios comerciales. Cuando Washington tiene los ojos puestos en el estrecho de Ormuz, las negociaciones de tratados no desaparecen: se vuelven más opacas, más técnicas y más susceptibles a ser capturadas por intereses que no representan al país.

México tiene una ventana. No es la ventana de la debilidad estadounidense —sería un error celebrar las dificultades del principal socio comercial del país. Es la ventana de la preparación: el momento en que un negociador bien preparado puede consolidar posiciones que en otro contexto habrían requerido mucho más capital político para defender.

La pregunta que vale la pena hacer no es qué le está pasando a Washington esta semana. La pregunta es qué está haciendo México con esa información.

Si la respuesta es "esperando", la columna de 2026 se escribirá sobre otra cesión que pudimos evitar.


Por Andres Castillo