La simultaneidad de crisis en Estados Unidos no es accidente — es el escenario más peligroso para México en décadas
Hay una regla básica en derecho internacional que aprendí en mis primeros años como negociador: nunca subestimes al adversario que llega a la mesa con múltiples frentes abiertos. A veces es señal de debilidad. A veces es táctica deliberada. La diferencia entre las dos interpretaciones puede costarle a México miles de millones de dólares y décadas de soberanía.
Hoy, Washington opera con tres crisis activas en simultáneo: una escalada militar con Irán que el pueblo estadounidense rechaza abrumadoramente según encuestas recientes, una pérdida de 92,000 empleos en febrero que contradice la narrativa económica triunfalista de la administración Trump, y un caos comercial autodinfligido por una política arancelaria que oscila entre herramienta de negociación y dogma ideológico. Sobre ese fondo, el presidente despide a Kristi Noem del Departamento de Seguridad Nacional y pivota abruptamente hacia Cuba como nuevo foco de atención hemisférica.
México debe leer todo esto con frialdad analítica. No con schadenfreude, no con alarma paralizante. Con la disciplina de quien sabe que las crisis ajenas generan tanto oportunidades como riesgos propios.
El frente iraní: lo que México debe entender
La escalada entre Estados Unidos e Irán no es un conflicto lejano. Es, en términos prácticos, una variable directa sobre el precio del petróleo, las rutas de transporte marítimo y la disponibilidad de capital de inversión global. Cuando el Estrecho de Ormuz tiembla — y hoy tiembla — los mercados emergentes pagan el costo.
Pero hay algo más relevante para nuestra posición soberana: una administración estadounidense que enfrenta oposición interna masiva a una aventura militar necesita compensar políticamente. Y compensar políticamente, en la lógica de Trump, significa buscar victorias visibles en el hemisferio. La mención a Cuba no es casual ni improvisada. Es el patrón clásico: cuando el frente principal se complica, se abre un frente secundario donde las victorias son más fáciles de fabricar para el consumo doméstico.
México está en ese hemisferio. México tiene una relación comercial que representa el 80% de sus exportaciones. México, en este momento, es una pieza en el tablero de quien necesita victorias narrativas.
92,000 empleos: el número que cambia la negociación
Quiero detenerme aquí porque este dato es, desde mi perspectiva, el más relevante para entender la postura negociadora de Estados Unidos en los próximos meses.
Cuando se renegoció el T-MEC entre 2017 y 2020, México enfrentó a una administración Trump con viento económico a favor. El desempleo estadounidense era históricamente bajo. La presión política interna para mostrar «resultados» era manejable. Aun así, México cedió en paneles laborales, en reglas de origen automotriz y en mecanismos de revisión que, en mi opinión profesional, inclinan la balanza hacia Washington en disputas futuras.
Hoy el escenario es distinto. Una administración que pierde 92,000 empleos en un solo mes, en medio de una guerra comercial que ella misma inició, tiene una necesidad urgente de culpar a alguien. México ha sido ese «alguien» en el discurso trumpista desde 2015. La tentación de señalar a nuestro país — por el fentanilo, por la migración, por el «robo de empleos» — es directamente proporcional al tamaño del problema doméstico que necesita explicación.
Esto no es opinión: es el patrón documentado de comportamiento negociador que he observado en múltiples rondas de discusión bilateral.
El cambio en el DHS: señal de recalibración, no de moderación
El despido de Noem y la entrada de Mullin al Departamento de Seguridad Nacional merece atención específica. Noem fue figura de alto perfil mediático pero gestión operativa cuestionada. Mullin — senador de Oklahoma, veterano, perfil más bajo pero relaciones internas más sólidas — representa una recalibración hacia la eficiencia ejecutiva en las prioridades de frontera e inmigración.
Para México, esto no es una señal de moderación. Es una señal de profesionalización de la presión. Un DHS más operativo, menos pendiente de la narrativa de redes sociales, puede ser más efectivo — y más exigente — en las negociaciones sobre migración, cooperación en seguridad y control fronterizo.
La pregunta que el gobierno mexicano debería estar respondiendo hoy no es «¿quién es Mullin?» sino «¿qué instrucciones lleva Mullin?» Esa respuesta está en los números de desempleo, en las encuestas de rechazo a la guerra con Irán y en la necesidad política de Trump de mostrar dureza en algún frente que no le cueste votos.
Lo que México debe hacer — y lo que no debe hacer
Voy a ser directo, como lo soy siempre en esta columna.
México no debe cometer el error de interpretar la debilidad coyuntural de Washington como una invitación a la confrontación abierta. Eso sería tan ingenuo como lo contrario: interpretar esa debilidad como irrelevante y ceder posiciones porque «total, Estados Unidos tiene otros problemas».
Lo que México debe hacer es construir posiciones negociadoras sólidas ahora, mientras el interlocutor está distraído con Irán, con el desempleo y con la reconfiguración de gabinete. La revisión del T-MEC en 2026 está en el horizonte inmediato. Cada semana que pasa sin preparación es una semana que se le regala al equipo negociador estadounidense.
En concreto: México necesita una estrategia de datos propia sobre el impacto de los aranceles en empleo estadounidense. Los números ya existen — las cadenas de suministro automotriz entre México y Michigan, Texas y Ohio son demasiado interdependientes para que los aranceles no duelan en ambos lados. Documentar ese dolor, tenerlo listo como argumento en la mesa, es tarea de ahora.
México necesita también claridad sobre el flanco Cuba-hemisferio. Si Washington pivota hacia presión hemisférica como válvula de escape político, México debe definir con precisión sus líneas rojas soberanas. No como declaración retórica, sino como posición jurídica sustentada en el derecho internacional y en los compromisos del propio T-MEC.
Y México — esto es opinión personal basada en experiencia directa — no puede llegar a ninguna mesa de negociación con improvisación. He visto demasiadas rondas donde la delegación mexicana llegó con buenas intenciones y sin preparación técnica suficiente. El resultado siempre es el mismo: acuerdos que el gobierno vende como victorias y que el sector privado vive como derrotas.
Conclusión: la simultaneidad no es desorden, es presión
Washington en tres frentes simultáneos no es señal de un sistema que colapsa. Es señal de una administración que aplica presión en múltiples direcciones esperando que algún interlocutor ceda primero.
México no puede ser ese interlocutor.
La soberanía no se defiende con discursos en la mañanera ni con declaraciones de principios en foros internacionales. Se defiende con preparación técnica, con posiciones jurídicas sólidas, con datos propios y con negociadores que entiendan que en la mesa frente a ellos hay profesionales que han hecho la tarea.
La pregunta relevante hoy no es qué tan grave es la crisis de Trump. La pregunta relevante es: ¿está México listo para la conversación que viene?
Porque esa conversación ya comenzó. Y el reloj corre.
Por Andres Castillo