Trump juega al ajedrez geopolítico mientras el mercado laboral estadounidense pierde piezas reales

En febrero, la economía de Estados Unidos eliminó 92,000 empleos netos. No es un titular de campaña. Es una estadística del Buró de Estadísticas Laborales, y merece leerse despacio antes de seguir hablando de misiles, portaaviones y cambios de gabinete.

Porta bien el dato en la cabeza: 92,000 personas que tenían empleo en enero ya no lo tienen en febrero. No porque sean flojas. No porque el mercado haya decidido que no las necesita en el largo plazo. Sino, en buena medida, porque la incertidumbre de política económica —aranceles que aparecen y desaparecen, amenazas de guerra comercial con tres continentes simultáneos, tensiones militares con Irán— ha congelado la inversión privada con una eficacia que ningún sindicato hubiera logrado.

Y mientras eso ocurre, Washington vive en otro planeta.


El costo de gobernar con drama

Esta semana, la administración Trump despidió a Kristi Noem como secretaria de Seguridad Nacional y nombró a Sylvester Turner —perdón, a Brian Mullin— como su reemplazo. Es el tipo de movimiento que genera tres días de cobertura mediática, análisis de expertos en comunicación política y especulaciones sobre las dinámicas internas del gabinete. Lo que no genera es un solo empleo privado.

Paralelamente, la escalada con Irán domina los titulares. Estados Unidos ha intensificado sus operaciones militares contra los hutíes en Yemen como señal de advertencia a Teherán. El Congreso debate si el presidente tiene autoridad para iniciar operaciones más amplias. Y una encuesta reciente indica que la mayoría de los estadounidenses se opone a una acción militar directa contra Irán bajo la conducción de Trump.

Eso es relevante no solo como dato político, sino como dato económico. Los conflictos en el Golfo Pérsico no son abstracciones: son precios del petróleo, son primas de riesgo, son cadenas de suministro que se reconfiguran a un costo que alguien paga. Y ese alguien, invariablemente, no es el secretario de Estado.


La trampa de las crisis simultáneas

Lo que hace particularmente peligrosa la coyuntura actual no es ninguna de las crisis por separado. Es su simultaneidad.

Un gobierno puede manejar una guerra comercial si el resto del entorno es estable. Puede absorber un conflicto geopolítico si la economía doméstica está fuerte. Puede sobrevivir una turbulencia en el gabinete si los mercados tienen certeza sobre la dirección de política económica. Lo que ningún gobierno maneja bien —y la historia lo documenta con generosidad— es el frente múltiple.

Estados Unidos enfrenta hoy, de manera simultánea: una guerra arancelaria activa con China, Canadá y la Unión Europea; una escalada militar con consecuencias energéticas impredecibles en el Medio Oriente; una señal de deterioro en el mercado laboral; un índice de confianza del consumidor en caída; y una rotación de gabinete que —independientemente de sus méritos— genera incertidumbre institucional.

Cada uno de estos factores, aislado, sería manejable. Juntos forman lo que los economistas llaman shock compuesto: cuando las variables negativas se retroalimentan entre sí y los canales de transmisión habituales dejan de funcionar con normalidad.


Lo que México debe leer entre líneas

Para México, este panorama no es un problema ajeno que observamos con curiosidad desde la frontera sur. Es nuestra realidad macroeconómica más inmediata.

El 80% de nuestras exportaciones va a Estados Unidos. Cuando la economía estadounidense enfría, nuestra manufactura lo siente antes de que los analistas terminen de escribir sus reportes. Y cuando la política exterior de Washington se vuelve impredecible —hoy Irán, mañana Cuba, pasado mañana un arancel sectorial que nadie anticipó— el capital extranjero que debería fluir hacia México en el marco del T-MEC se detiene y espera.

Esperar es el verbo más caro de la economía.

El nearshoring, esa narrativa que el gobierno de Claudia Sheinbaum ha heredado con genuino entusiasmo pero poca infraestructura real para sostenerla, depende de que los inversionistas tengan certeza sobre el entorno bilateral. Cuando Washington opera en modo crisis permanente, esa certeza se erosiona. No desaparece de golpe —los fundamentos del T-MEC siguen ahí— pero se desgasta.

Y México, en lugar de capitalizar el momento con reformas que atraigan inversión —seguridad jurídica, energía confiable, estado de derecho funcional— sigue ocupado en la narrativa de la transformación y en consolidar poder institucional. Es una prioridad equivocada en el momento equivocado.


El problema de los aranceles como política permanente

Hay algo que conviene decir con claridad, aunque incomode a algunos lectores de este medio: los aranceles son una herramienta de negociación legítima cuando se usan con precisión quirúrgica y objetivos definidos. Lo que estamos viendo en la administración Trump no es eso.

Un arancel que aparece, desaparece, se pausa, se reactiva y se amenaza con duplicar en el lapso de un mes no es una herramienta de negociación. Es ruido. Y el ruido tiene un precio: las empresas no invierten cuando no saben cuáles serán las reglas del juego en noventa días.

Los 92,000 empleos perdidos en febrero no son todos atribuibles a los aranceles —hay factores estacionales y sectoriales que los analistas están desglosando— pero la correlación entre incertidumbre de política comercial e inversión fija es una de las relaciones más documentadas de la macroeconomía moderna. No es ideología. Es evidencia.


Lo que se queda

Cuando terminen los titulares sobre Noem y Mullin, cuando la escalada con Irán encuentre algún canal diplomático o se detenga por agotamiento mutuo, cuando los aranceles se renegocien o se institucionalicen, lo que quedará son los números reales.

Cuánto creció el PIB. Cuántos empleos se crearon o destruyeron. Cuánto invirtió el sector privado. Cuánto costó la deuda pública. Esos son los marcadores que importan, y hoy, en este momento, varios de ellos están parpadeando en amarillo.

Ni la retórica de la grandeza nacional ni los cambios de gabinete producen empleos. Los producen empresas que tienen certeza suficiente para contratar, invertir y crecer.

Eso es lo que está en juego. No el tablero geopolítico —que es real y complejo— sino el hecho de que mientras Washington opera en modo espectáculo permanente, son trabajadores reales, en ciudades reales, los que pagan la factura de la incertidumbre.

Y eso, con nombre y apellido, se llama costo de gobernar mal.


Por Claudia Vargas