Cuando la política exterior es espectáculo y la economía paga la factura, México no puede darse el lujo de ser espectador
Llevo treinta años moviendo carga por el corredor Monterrey-Laredo-Dallas-Chicago. He operado bajo seis presidentes estadounidenses y cuatro mexicanos. He visto alzas arancelarias, recesiones, renegociaciones de tratados y una pandemia que casi destruye las cadenas de suministro globales. En todos esos episodios, lo que más me costó dinero nunca fue el problema en sí: fue la incertidumbre que lo rodeaba.
Hoy, Washington produce incertidumbre en serie.
El triángulo imposible
Esta edición lo documenta con precisión: Estados Unidos está peleando en tres frentes al mismo tiempo. Una escalada militar con Irán que ninguna encuesta respalda. Una pérdida de 92,000 empleos en febrero que nadie en la Casa Blanca quiere explicar. Y un gabinete en estado de reorganización permanente, donde hoy sale Noem y mañana quién sabe quién entra.
Cada uno de esos frentes, por separado, sería manejable. Los tres juntos, simultáneos, sin una narrativa coherente que los conecte, es una fórmula para el error de cálculo. Y los errores de cálculo en la economía más grande del mundo no se quedan en Washington. Llegan a mi patio de camiones en Monterrey antes de que salga el sol.
Eso no es alarmismo. Es aritmética.
Lo que los números dicen que los discursos callan
92,000 empleos perdidos en un mes. No es un dato menor. Es la señal de que la política arancelaria tiene costos reales, que el músculo productivo estadounidense no es infinitamente elástico y que la retórica del «America First» no reemplaza la certeza jurídica que necesita la inversión privada para comprometer capital a largo plazo.
Yo no contrato camioneros ni abro rutas nuevas basándome en discursos. Lo hago basándome en contratos, en reglas que se van a respetar en seis meses y en dos años. Cuando las reglas cambian cada semana, el resultado es uno solo: se paraliza la decisión de invertir. Y cuando se paraliza la inversión, tarde o temprano se pierden empleos. En Estados Unidos. En México. En todos lados.
Trump lo sabe. Sus asesores económicos lo saben. Por eso el dato de febrero incomoda tanto: contradice la promesa central de su segundo mandato.
El frente iraní: el costo de la distracción
La escalada con Irán es, estratégicamente, el frente más peligroso. No porque Irán sea una potencia militar capaz de confrontar a Estados Unidos en términos convencionales, sino porque cualquier conflicto en esa región tiene consecuencias directas sobre el precio del petróleo, las rutas marítimas y el estado de ánimo de los mercados globales.
Y aquí está el problema: el 72% de los estadounidenses, según los datos que publicamos hoy, se opone a la acción militar. Un presidente que escala un conflicto contra la voluntad expresa de su base electoral no está ejecutando una estrategia. Está apostando. Y cuando los presidentes apuestan con el dinero ajeno, los que pierden primero son los que menos pueden permitírselo.
Para México, un conflicto activo en Medio Oriente significa presión sobre los energéticos, incertidumbre en los mercados financieros y, casi con seguridad, menos apetito de los inversionistas estadounidenses para comprometer capital en proyectos del T-MEC. Justo cuando más los necesitamos.
El cambio de gabinete: ¿purga o recalibración?
La salida de Noem puede leerse de muchas formas. Pero lo que importa desde la perspectiva empresarial es una sola: cada cambio en el gabinete de un gobierno con el que México tiene una relación comercial de 800,000 millones de dólares anuales genera un período de incertidumbre mientras el nuevo funcionario entiende los archivos, construye relaciones y define sus prioridades.
Eso tiene un costo. No aparece en ningún presupuesto, pero está ahí. Lo pagan las empresas que están esperando una resolución aduanal, una renegociación de condiciones, una clarificación regulatoria. El tiempo de un empresario vale dinero. La indefinición burocrática vale dinero. Y México lleva meses acumulando ese costo mientras Washington reorganiza su cocina interna.
Lo que México debe hacer: dejar de esperar
Aquí es donde tengo que ser directo con el gobierno de Claudia Sheinbaum, aunque sé que no es lo que quieren escuchar.
México no puede seguir administrando su relación con Estados Unidos en modo reactivo. Cada vez que Trump mueve una ficha, Ciudad de México espera, mide la temperatura y responde con la menor fricción posible. Eso no es diplomacia. Eso es subordinación disfrazada de prudencia.
La oportunidad que representa el nearshoring no va a esperarnos indefinidamente. Las empresas que están evaluando mover sus cadenas de suministro fuera de Asia necesitan certeza: certeza jurídica, infraestructura confiable, energía competitiva y un gobierno que entienda que el sector privado es el motor, no el adversario.
En lugar de eso, seguimos con una política energética que privilegia a Pemex y a la CFE sobre la competencia privada, con un sistema judicial recién reformado cuya solidez todavía está en entredicho, y con una narrativa gubernamental que cada tanto trata al empresario como sospechoso en lugar de aliado.
Mientras Washington está distraído en tres frentes, México tiene una ventana. Las ventanas se cierran.
El editorial de hoy
Lo que documentamos en esta edición no es un conjunto de noticias inconexas. Es un patrón: cuando la potencia con la que haces el 80% de tu comercio exterior opera en modo caótico, la única respuesta inteligente es fortalecer lo que depende de ti.
Seguridad jurídica. Energía competitiva. Instituciones que funcionen. Reglas que se respeten.
No porque Washington lo pida. Sino porque México lo necesita, con o sin Trump, con o sin aranceles, con o sin conflicto en el Golfo Pérsico.
Yo firmo nóminas cada quincena. Sé exactamente cuánto cuesta la indecisión. El gobierno también debería saberlo.
Por Eduardo Rios