Irán, sarampión, petróleo y fronteras: cuatro crisis distintas, una sola lección que no queremos aprender

Hoy fue un día de noticias que incomodan. No porque sean inesperadas —cualquiera que lleve años operando en el corredor T-MEC sabe que el mundo exterior nos golpea antes de que terminemos de leer el titular—, sino porque en cada una de las cuatro historias grandes de esta edición aparece el mismo patrón: México recibe el impacto, México no se había preparado, y México tampoco tiene un plan para la próxima vez.

Empecemos por lo que más me duele en el bolsillo, porque es lo que mejor entiendo.

El petróleo no es un problema de Irán. Es tu problema.

Cuando Trump ordena ataques contra Irán, el Estrecho de Ormuz se convierte en el cuello de botella más caro del mundo. Por ahí pasa casi el 20% del petróleo que mueve el planeta. Cuando ese flujo se complica, los precios suben. Cuando los precios suben, sube el diésel. Cuando sube el diésel, sube el flete. Cuando sube el flete, sube todo lo que mueves, produces o vendes.

Yo firmo nóminas cada quincena. También firmo contratos de transporte, pólizas de seguro y facturas de combustible. Sé exactamente lo que un dólar extra por galón le hace a un operador con 40 tractocamiones en ruta. No es un número abstracto: es la diferencia entre cerrar el mes con margen o sin él.

Lo que me preocupa no es que haya una crisis en Medio Oriente —esas siempre han existido y seguirán existiendo. Lo que me preocupa es que México no tiene una estrategia energética que amortigüe estos choques. Pemex está descapitalizada, la refinería Olmeca produce por debajo de cualquier proyección razonable y seguimos importando gasolina de Estados Unidos mientras exportamos petróleo crudo. Eso no es soberanía energética: es dependencia con bandera.

La alternativa no es nacionalismo energético de los años setenta. Es diversificación real: renovables, gas natural, almacenamiento estratégico, contratos de largo plazo con proveedores estables. Lo que hace cualquier empresa seria cuando quiere proteger su cadena de suministro de shocks externos. El gobierno debería gestionarlo igual que un buen director de operaciones gestiona el riesgo. Hasta ahora, no lo hace.

El sarampión no regresó solo. Lo dejamos entrar.

Esta historia me parece la más grave de la edición, aunque no levante los mismos titulares que los misiles.

403 municipios con casos activos de sarampión. Una enfermedad que teníamos erradicada. 21 millones de vacunas distribuidas que claramente no llegaron a donde tenían que llegar, o llegaron tarde, o llegaron mal. Esto no es mala suerte: es falla de ejecución.

En cualquier empresa, si tienes un proceso crítico —digamos, la entrega de producto a 403 puntos de distribución— y 403 de esos puntos fallan al mismo tiempo, no culpas al mercado. Revisas el proceso. Cambias al responsable. Rediseñas la cadena.

El sistema de salud pública mexicano tuvo años para fortalecer la cobertura de vacunación después del COVID. Años y recursos. El resultado está en los números: una enfermedad prevenible al cien por ciento está circulando en casi la mitad del territorio nacional. Eso tiene un costo humano que no se puede calcular en pesos, pero también tiene un costo económico directo: ausentismo laboral, saturación hospitalaria, pérdida de productividad.

La vacunación no es ideología. Es infraestructura. Y cuando la infraestructura falla, pagan los más vulnerables primero y el sistema completo después.

Las muertes bajo custodia del ICE: una historia que nos afecta aunque no queramos verla.

Doce connacionales muertos bajo custodia del ICE. Doce. No es una estadística menor ni un tema que podamos despachar como "asuntos migratorios".

Entiendo que hay quienes piensan que quien cruza sin documentos asume el riesgo. Pero morir bajo custodia de un gobierno extranjero —en condiciones que ningún proceso legal justifica— es otra cosa. Es una falla de protección consular que el gobierno mexicano debería estar atendiendo con mucho más fuerza de la que está mostrando.

Y hay un argumento práctico, no sentimental: esas personas, en su mayoría, venían de comunidades que dependen de las remesas que sus familias en México van a dejar de recibir. Las remesas son hoy la primera fuente de divisas del país. Cuando esa población se ve criminalizada, detenida y muere en condiciones cuestionables, el problema no termina en la frontera. Llega a Oaxaca, a Guerrero, a Zacatecas. Llega a las tienditas, a los mercados, a las economías locales que nadie en Los Pinos —o en el edificio que sea que hoy sirva de Los Pinos— parece estar viendo.

La lección del día, por si no quedó clara.

Cuatro historias distintas. Un hilo conductor: México es extraordinariamente vulnerable a perturbaciones externas que no generó y que tampoco está gestionando.

No digo esto para catastrofizar. Lo digo porque la vulnerabilidad no es un destino inevitable: es el resultado de no haber construido capacidades cuando había tiempo y recursos para hacerlo. Es el resultado de sustituir la planificación por el discurso, la ejecución por el anuncio y la rendición de cuentas por la narrativa.

Yo construí una empresa de logística en uno de los corredores comerciales más competidos y complejos del mundo. No lo hice apostando a que todo saldría bien. Lo hice anticipando qué podía salir mal y construyendo sistemas para sobrevivir cuando pasara. Eso es gestión. Eso es lo que le falta al Estado mexicano en este momento.

El mundo se va a seguir incendiando. Irán no es el último conflicto. El sarampión no es la última epidemia. La migración no se va a detener. Los precios del petróleo van a seguir siendo volátiles.

La pregunta no es si México va a recibir más golpes. La pregunta es si vamos a seguir recibiéndolos sin escudo o vamos a construir uno de una vez.

Yo sé cuál es mi respuesta. La tuya importa tanto como la mía.


Por Alejandro Fuentes