Mientras Trump frena el comercio con aranceles históricos, SpaceX demuestra que la riqueza del siglo XXI se construye con libertad, no con barreras

Esta semana coincidieron dos noticias que, leídas juntas, dicen más sobre la economía política de nuestro tiempo que cualquier análisis académico: SpaceX se prepara para una valoración de un billón de dólares —potencialmente convirtiendo a Elon Musk en el primer trillonario de la historia— mientras los aranceles estadounidenses alcanzan sus niveles más altos en décadas, encareciendo importaciones, distorsionando cadenas de suministro y presionando al consumidor americano. Dos fuerzas moviéndose en sentidos opuestos. Una construye valor. La otra lo redistribuye por decreto.

Empecemos con los números que incomodan a los defensores del proteccionismo.

Según estimaciones recientes, el arancel promedio efectivo sobre las importaciones hacia Estados Unidos ya supera el 17%, un nivel no visto desde la década de 1930. El Banco de la Reserva Federal de Nueva York ha documentado que los aranceles de la primera era Trump costaron a los hogares estadounidenses entre 800 y 1,200 dólares anuales en poder adquisitivo. La segunda ronda —más agresiva, más amplia— apunta a cifras mayores. No es opinión ideológica: es traslado de costos verificable. Las empresas importadoras no absorben aranceles; los pasan al precio final. Siempre.

Ahora el contraste: SpaceX. Una empresa fundada en 2002 con la tesis de que el acceso al espacio podía privatizarse, abaratarse y escalarse. Sin subsidios estructurales que la sostuvieran artificialmente. Sin aranceles que protegieran su mercado interno de competidores extranjeros. Con competencia real —Blue Origin, Rocket Lab, la industria aeroespacial europea— obligándola a innovar o morir. El resultado es una valoración que ronda el billón de dólares y cohetes que aterrizan solos después de llevar carga a la órbita. Canadá, de hecho, llega esta semana a la Luna en la misión Artemis II gracias, en parte, a esa infraestructura privada.

La pregunta que nadie en Washington parece querer hacer en voz alta es esta: ¿qué tienen en común las industrias que Estados Unidos quiere proteger con aranceles? Acero, aluminio, textiles, manufactura básica. ¿Qué tienen en común las industrias donde Estados Unidos sigue siendo líder mundial sin necesitar protección? Tecnología, software, aeroespacial, biotecnología, finanzas. La diferencia no es accidental.

Las industrias competitivas no piden aranceles. Las que los piden, generalmente, ya perdieron la batalla de la productividad.

Esto importa para México —y mucho.

México es el principal socio comercial de Estados Unidos. Alrededor del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado norteamericano. Cuando Washington sube aranceles, el efecto no es neutro para la economía mexicana: las cadenas de valor integradas —automotriz, electrónica, manufactura de precisión— se tensan, los tiempos de planificación se alargan y la inversión extranjera directa mira hacia otros destinos con mayor certeza jurídica y menor ruido político.

El gobierno actual en México ha respondido a este entorno con una combinación de diplomacia reactiva y retórica soberanista que, hasta ahora, no ha producido resultados concretos en términos de certeza para los sectores exportadores. Negociar desde la fortaleza requiere, primero, tener fortaleza. Y la fortaleza económica no se construye con decretos presidenciales ni con conferencias mañaneras: se construye con instituciones funcionales, reglas claras y un entorno que atraiga capital.

En ese sentido, la comparación con Canadá resulta reveladora y, francamente, incómoda. Ottawa también enfrenta presiones arancelarias de Washington. También tiene una economía profundamente integrada con la estadounidense. Pero mientras México debilita organismos reguladores autónomos y expande el papel del Estado en sectores estratégicos, Canadá participa en misiones espaciales internacionales con astronautas propios, mantiene instituciones independientes que los mercados respetan y negocia desde una posición de aliado con agenda propia, no de socio subalterno.

La pregunta incómoda para los defensores de la 4T es: ¿en cuál de los dos modelos prefiere estar México en 2035?

Volviendo a los aranceles de Trump: la defensa más honesta que pueden hacer sus promotores es que son una herramienta de negociación, no una política permanente. Esa postura tiene cierta lógica táctica —el ruido arancelario a veces genera concesiones reales en la mesa— pero tiene un costo que los negociadores suelen ignorar: la incertidumbre que genera tiene efectos económicos reales antes de que se cierre cualquier acuerdo.

Las empresas no esperan a que se resuelva la negociación para tomar decisiones. Posponen inversiones, renegocian contratos, buscan proveedores alternativos. Ese costo de fricción no aparece en ninguna declaración oficial, pero existe en los balances corporativos y, eventualmente, en las cifras de empleo. La Reserva Federal ya señaló que el entorno arancelario es uno de los factores que complican su lectura sobre inflación y crecimiento. Cuando el banco central más poderoso del mundo dice que no sabe bien qué va a pasar, el mercado escucha.

Mientras tanto, SpaceX avanza hacia su eventual salida a bolsa con una narrativa que es, en el fondo, la historia más poderosa del capitalismo de innovación: una empresa que tomó un sector dominado durante décadas por contratistas gubernamentales, lo desafió con competencia real, redujo costos en órdenes de magnitud y creó valor que se mide en billones. No en empleos protegidos artificialmente. En valor genuinamente nuevo.

Opinión: creo que la tensión entre estos dos modelos —el proteccionismo arancelario de Trump y el capitalismo de riesgo que produce SpaceX— define el debate económico más importante de la próxima década. Y creo que México necesita elegir con claridad de qué lado quiere estar: del lado de los que construyen sectores competitivos o del lado de los que piden protección para los que ya no pueden competir.

Porque al final, los aranceles son una confesión. Dicen: este sector no puede ganar en condiciones de mercado, así que necesitamos que el gobierno cambie las reglas. A veces esa confesión tiene justificación estratégica —semiconductores, defensa, infraestructura crítica. Pero cuando se convierte en política generalizada, lo que se protege no es la industria nacional. Se protege la ineficiencia.

Y la ineficiencia, a diferencia de SpaceX, nunca llega a la Luna.


Por Claudia Vargas