Trump ha llevado los aranceles a máximos de décadas. El problema no es la herramienta — es confundir una maniobra de negociación con una política económica permanente.
Los aranceles que la administración Trump ha impuesto en los últimos meses han alcanzado niveles que no se veían desde la era Smoot-Hawley, la infame ley arancelaria de 1930 que, según el consenso histórico casi unánime de los economistas, convirtió una recesión severa en la Gran Depresión. Vale la pena detenerse en esa comparación — no para dramatizar, sino para entender exactamente qué está en juego.
La lógica trumpiana de los aranceles tiene una coherencia interna que sus críticos frecuentemente ignoran o distorsionan. La premisa es simple: Estados Unidos ha tolerado durante décadas déficits comerciales masivos y reglas asimétricas que otros países han explotado sistemáticamente. Los aranceles, en este esquema, son una palanca de presión, no un fin en sí mismos. Trump lo ha dicho con todas sus letras: son una herramienta para forzar renegociaciones. En eso, en términos puramente tácticos, tiene razón.
El problema está en lo que ocurre cuando la táctica se prolonga indefinidamente.
Cuando el arma se vuelve contra quien la empuña
Existe un principio elemental en el derecho de los tratados que aplica igual en la política comercial: una amenaza creíble es poderosa; una amenaza ejecutada indefinidamente se convierte en una carga para quien la impone. El Artículo 2205 del T-MEC permite a cualquier parte retirarse del acuerdo con seis meses de aviso. Esa cláusula existe precisamente porque los negociadores entendieron que ningún acuerdo funciona bajo coerción perpetua.
Los aranceles generalizados que Washington ha activado — algunos superando el 25% sobre acero y aluminio, otros llegando a niveles prohibitivos sobre mercancías específicas de decenas de países — no distinguen entre socios estratégicos y adversarios comerciales. Tratan a México con el mismo instrumento que a China. Eso no es política comercial sofisticada; es política comercial de escopeta en un mundo que requiere rifle de precisión.
Los mercados lo saben. La "alerta" que los mercados financieros mantienen incluso ante señales positivas — como los anuncios sobre Irán — no es irracional ni especulativa. Es el cálculo frío de operadores que han visto cómo la incertidumbre arancelaria encarece el crédito, desorganiza las cadenas de suministro y hace imposible planear inversiones de largo plazo. Las empresas no invierten en ambientes donde las reglas pueden cambiar por decreto presidencial de un día para otro.
El costo real que nadie quiere calcular en voz alta
Cuando se negoció el capítulo de reglas de origen en el T-MEC — específicamente en el sector automotriz, donde se estableció que el 75% del contenido de un vehículo debe originarse en la región para calificar con arancel cero — el objetivo era precisamente incentivar la integración productiva de América del Norte. México, Estados Unidos y Canadá construyeron una cadena de suministro que no es simplemente complementaria: es cíclica. Un componente cruza la frontera múltiples veces antes de convertirse en producto terminado.
Imponer aranceles generalizados sobre esa cadena no castiga a México ni a Canadá solamente. Se castiga a sí mismo el fabricante estadounidense que compra partes mexicanas para ensamblarlas en Detroit. El costo del arancel no lo absorbe el país exportador — lo traslada al importador, y eventualmente al consumidor final. Esto no es opinión ideológica; es la mecánica básica de los impuestos al comercio, documentada en cualquier manual de economía internacional y respaldada por los datos de la Oficina del Representante Comercial de los propios Estados Unidos.
La evidencia más reciente es contundente: la inflación en bienes de consumo duradero en Estados Unidos ha mostrado presiones precisamente en las categorías más expuestas a aranceles. Eso no es coincidencia.
Lo que México debe entender y actuar en consecuencia
Aquí el análisis no puede quedarse en criticar la política de Washington. México tiene decisiones propias que tomar, y tomarlas bien requiere claridad estratégica.
México es el principal socio comercial de Estados Unidos. Ese dato, que suena a logro, es también una vulnerabilidad estructural: nuestra dependencia del mercado estadounidense supera el 80% de las exportaciones totales. Cualquier política de diversificación seria — hacia Europa, hacia Asia, hacia América del Sur — requiere décadas de construcción institucional y empresarial. No se resuelve en un sexenio ni con declaraciones de intención.
Lo que sí puede hacerse de inmediato es negociar con precisión quirúrgica, no con resignación ni con confrontación estéril. El T-MEC contempla mecanismos de consulta y solución de controversias — el Capítulo 31 establece paneles arbitrales vinculantes — que México ha subutilizado históricamente. Cuando Washington impone medidas que violan el tratado, la respuesta correcta no es la protesta diplomática en Twitter: es activar el mecanismo de solución de controversias, documentar el daño económico con cifras auditables y construir el expediente jurídico que respalde una posición negociadora sólida.
Opino que el gobierno mexicano actual no tiene ni la convicción ni la arquitectura institucional para hacer eso con la efectividad que se requiere. La Secretaría de Economía ha sido sistemáticamente debilitada en capacidad técnica durante esta administración, precisamente cuando más se necesita esa capacidad. Eso es un problema que va más allá de la coyuntura arancelaria.
El experimento y sus límites
Volvamos a Trump. El experimento arancelario tiene una ventana de tiempo limitada antes de que los costos internos — políticos y económicos — superen los beneficios negociadores. Ya hay señales de tensión en el Partido Republicano, donde senadores de estados con economías agrícolas exportadoras entienden perfectamente que los aranceles de represalia que China, Canadá y la Unión Europea han impuesto sobre sus productos no son abstracciones: son votos en riesgo.
La pregunta relevante no es si Trump levantará los aranceles — en algún momento lo hará, probablemente presentándolo como una victoria negociadora. La pregunta es: ¿qué habrá concedido México para ese momento, y a cambio de qué?
Los acuerdos internacionales se escriben en el papel, pero se ganan o se pierden en la preparación técnica, en la coherencia de la posición negociadora y en la disposición real de defender intereses concretos con argumentos concretos. México necesita llegar a esa mesa — cuando llegue — con una posición construida sobre datos, sobre derecho y sobre una visión clara de qué es innegociable.
Porque hay cosas que vale la pena defender. Y un socio comercial que representa el 80% de tus exportaciones es exactamente el tipo de relación que exige negociadores, no administradores.
Por Andres Castillo