Un año después, Estados Unidos ha implementado tasas arancelarias sin precedentes en generaciones. ¿Qué nos dice la historia?

Un año después de su implementación, los aranceles estadounidenses han alcanzado niveles no vistos en décadas, redefiniendo el panorama del comercio global. Esta escalada representa un cambio fundamental en la estrategia comercial estadounidense y merece un análisis riguroso basado en datos históricos y evidencia económica.

El contexto histórico es insustituible

Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es necesario mirar hacia atrás. Los niveles arancelarios más altos en generaciones nos transportan a territorios que la economía moderna no había pisado desde los años ochenta. La última vez que Estados Unidos implementó tasas arancelarias comparables fue en 2018, durante el primer mandato Trump, cuando los aranceles sobre acero y aluminio rondaron el 25% y el 10% respectivamente. Lo que sucede ahora es cualitativamente diferente: estamos frente a una estrategia sistemática de aranceles amplios, no puntuales.

La historia económica es clara en sus lecciones. Durante los años treinta, la Ley Smoot-Hawley elevó los aranceles estadounidenses a promedios superiores al 40%, lo que contribuyó a la profundización de la Gran Depresión. No porque los aranceles causaran la crisis —el colapso fue multifactorial— sino porque comprimieron aún más el comercio global en el momento más crítico. Las represalias fueron inmediatas y severas. Otros países respondieron con sus propios aranceles, el volumen de comercio se derrumbó aproximadamente 65% entre 1929 y 1934, y el desempleo en Estados Unidos alcanzó el 25%.

¿Qué sucede cuando la política redefine el comercio?

En términos económicos puros, los aranceles funcionan de tres formas: protegen a industrias domésticas, generan ingresos fiscales y funcionan como herramientas de negociación política. La realidad es que casi nunca funcionan como se promete.

La Organización Mundial del Comercio y múltiples estudios de economistas independientes coinciden en un punto: los aranceles trasladan costos a los consumidores y a las empresas que dependen de importaciones para sus cadenas de valor. Un empresario mexicano que importa componentes estadounidenses para manufacturar productos enfrenta costos más altos. Un consumidor estadounidense que compra bienes manufacturados en el extranjero paga más. Ese traslado de costos no desaparece; simplemente se redistribuye.

Lo que los datos muestran consistentemente es esto: cuando se protege a una industria con aranceles, otras industrias conectadas a ella sufren. Si se aranceliza el acero, los fabricantes de automóviles, maquinaria agrícola y electrodomésticos ven aumentar sus costos de producción. Pueden trasladar esos costos a los precios finales, perder competitividad en exportaciones, o reducir empleos. Ninguna de esas opciones es neutral.

El contexto global: cambios significativos que apenas comenzamos a medir

Los aranceles estadounidenses no operan en vacío. Afectan cadenas de suministro que cruzan continentes. México, como socio comercial primario de Estados Unidos a través del TLCAN/USMCA, experimenta estos cambios de forma directa. Canadá, que comercializa aproximadamente el 75% de sus exportaciones hacia Estados Unidos, enfrenta presiones competitivas inmediatas.

Los cambios significativos en la economía global ya son observables, aunque el análisis completo de su impacto exacto sigue en construcción. Las empresas multinacionales están replanteando dónde manufacturan. Algunos traslados de producción hacia Estados Unidos son reales, pero están acompañados de inversiones menores en otras jurisdicciones. El comercio intrarregional en América del Norte se está reorganizando. Y los márgenes de ganancia de empresas expuestas al comercio internacional están siendo presionados.

La pregunta que importa

Cuando un economista observa aranceles en máximos de décadas, no hace preguntas ideológicas. Pregunta: ¿cuál es el costo neto? ¿Quién gana y quién pierde? ¿Es ese resultado lo que se buscaba?

La evidencia histórica sugiere que los aranceles generales y amplios producen ganadores concentrados (industrias protegidas, algunos trabajadores en sectores específicos) y perdedores dispersos (consumidores, empresas de otras industrias, economías integradas al comercio). La dispersión de pérdidas hace que sean políticamente invisibles; la concentración de ganancias las hace ruidosas.

Este experimento comercial apenas tiene un año. Sus efectos completos tomarán años en materializarse plenamente. Mientras tanto, empresas están tomando decisiones de inversión a largo plazo basadas en una nueva realidad arancelaria. Esas decisiones, más que los aranceles en sí, determinarán el verdadero impacto económico.


Por Jorge Morales