Washington pide 200,000 millones para presionar a Irán mientras contempla retirarse. Detrás del ruido geopolítico hay una lección de economía política que nos concierne directamente.

El Pentágono acaba de presentar al Congreso una solicitud de 200,000 millones de dólares como paquete de presión frente a Irán. Al mismo tiempo, Donald Trump evalúa un repliegue militar y deja caer que lo que realmente quiere no es guerra sino petróleo barato y un acuerdo que desmantele el programa nuclear iraní. La cifra —200,000 millones— es mayor que el PIB de países enteros. Es mayor que el presupuesto federal de México para 2025. Y se discute en Washington con la misma naturalidad con que aquí debatimos si el Tren Maya costó 500,000 o 600,000 millones de pesos.

Antes de que alguien diga que la geopolítica del Golfo Pérsico no nos compete, conviene hacer las cuentas.

El costo real de la inestabilidad que exportamos al no entender

Irán causó aproximadamente 800 millones de dólares en daños a bases estadounidenses con sus represalias de los últimos años. Ese número, revelado esta semana, es relevante no por su dimensión militar sino por lo que dice sobre la economía de la disuasión: Estados Unidos absorbió ese costo sin escalar al conflicto abierto. Lo que viene ahora es la negociación. Y en esa negociación, el petróleo es la moneda real.

Cuando Washington presiona a Irán con sanciones y amenazas militares, el crudo se mueve. Cuando hay señales de acuerdo, también. México exporta petróleo. México compite —o debería competir— por inversión en energía. Y México tiene una paraestatal, Pemex, que acumula una deuda de más de 100,000 millones de dólares y produce menos barriles por día que hace veinte años. Cada vez que el precio internacional del petróleo oscila por tensiones en el Golfo, el gobierno mexicano altera su cálculo fiscal. No es abstracción: es el presupuesto del año siguiente.

El pivote de Trump hacia menos militarismo y más petróleo en Irán, si se concreta, podría implicar mayor oferta global de crudo en el mediano plazo. Eso deprimiría precios. Para un país cuya hacienda pública depende parcialmente de los ingresos petroleros, eso no es noticia de política exterior: es un riesgo fiscal que el gobierno de Claudia Sheinbaum no ha explicado con transparencia.

Lo que Trump realmente está haciendo: economía transaccional

Hay una lectura superficial de Trump que lo reduce a impredecible o errático. Es un error analítico. Lo que Trump hace —con Irán, con los aranceles, con el Canal de Panamá— es economía transaccional: usa la amenaza para extraer concesiones concretas. No le interesa el mapa del mundo ideológicamente. Le interesa el acuerdo.

Eso tiene implicaciones directas para México.

La renegociación del T-MEC está en el horizonte. El gobierno mexicano lleva meses enviando señales mixtas: dice que quiere certidumbre para la inversión, pero permite que la reforma judicial avance sin garantías de independencia; dice que defenderá la relación comercial, pero la Secretaría de Economía no ha presentado una estrategia pública de negociación arancelaria. Si Washington puede moverse de "vamos a bombardear" a "queremos petróleo barato" en cuestión de semanas frente a Irán, ¿qué nos hace pensar que el tratamiento a México no puede cambiar con la misma velocidad?

La respuesta correcta no es rezar para que Trump esté ocupado con Irán. La respuesta correcta es construir la posición negociadora antes de que llegue la presión.

El capítulo que incomoda: frontera, custodia y costo institucional

Esta semana también circuló la noticia de la muerte de un adolescente mexicano bajo custodia de las autoridades migratorias estadounidenses. Y la del cierre técnico del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) por la parálisis presupuestaria en el Congreso.

Son datos que parecen de nota roja o de crónica social. Son, en realidad, economía política.

Cuando una institución del tamaño del DHS entra en parálisis —con decenas de miles de empleados en limbo y operaciones suspendidas— el costo no lo paga el presupuesto abstracto. Lo pagan las empresas que procesan visas de trabajo, los transportistas que esperan resoluciones en frontera, los migrantes que quedan en un vacío legal sin procedimiento claro. La parálisis estatal tiene precio de mercado, aunque nadie lo cotice en los titulares.

Y la muerte del adolescente mexicano —cuyo nombre aún no se divulga ampliamente— obliga a una pregunta que ningún gobierno ha respondido con claridad: ¿cuál es el protocolo consular de México cuando un ciudadano menor de edad queda bajo custodia extranjera? ¿Cuántos casos similares no llegan a los medios? ¿Existe un mecanismo de auditoría independiente sobre el trato a mexicanos detenidos en Estados Unidos?

El gobierno de la 4T habla mucho de soberanía. Pero soberanía sin instrumentos consulares efectivos, sin registros públicos auditables y sin presión diplomática sistemática es solo retórica. Y la retórica no protege a nadie en un centro de detención en Texas.

El hilo que conecta todo

Petróleo, aranceles, migración, presupuesto. Parecen temas separados. No lo son.

Estados Unidos está en un momento de redefinición de su política exterior bajo una lógica transaccional. Eso significa que cada relación bilateral —con Irán, con México, con Canadá— se evalúa por su utilidad económica inmediata. No por alianzas históricas, no por valores compartidos, no por acuerdos multilaterales. Por utilidad.

En ese contexto, México llega con Pemex en quiebra técnica, con una reforma judicial que aleja inversión extranjera, con un banco central cuya independencia está bajo presión y con una estrategia de negociación que, en el mejor de los casos, es reactiva.

La pregunta que nadie en el gabinete parece querer responder es esta: si Trump decide que México es el siguiente Irán —es decir, el siguiente objetivo de presión económica para obtener concesiones— ¿desde dónde negocia México?

Irán tiene petróleo, tiene capacidad nuclear y tiene cuarenta años de práctica resistiendo sanciones. Tiene palancas.

México tiene el T-MEC, tiene manufactura, tiene mano de obra. También tiene palancas. Pero las palancas no sirven si no están articuladas en una posición clara, comunicada y respaldada por instituciones sólidas.

Opino que el mayor riesgo para México en los próximos doce meses no es un arancel del 25 por ciento. Es llegar a la mesa de negociación sin saber exactamente qué queremos defender y qué estamos dispuestos a ceder. Eso no es soberanía. Es improvisación con bandera.


Por Claudia Vargas