Cuando una potencia intercambia amenazas militares por contratos energéticos, el manual de negociación internacional se reescribe frente a nuestros ojos

Lo que está ocurriendo entre Washington y Teherán no es diplomacia convencional. Es algo más revelador: es la doctrina Trump aplicada en su versión más pura, y vale la pena desarmarla con precisión, porque sus implicaciones no se quedan en el Medio Oriente.

En los últimos días, el Pentágono presentó una solicitud de 200 mil millones de dólares vinculada al escenario iraní, mientras el propio presidente Donald Trump señalaba públicamente que prefiere una salida negociada, orientada al petróleo, antes que una escalada militar. Paralelamente, registros del Departamento de Defensa documentan que los ataques de represalia iraníes contra bases estadounidenses causaron daños por 800 millones de dólares. El cuadro completo es este: amenaza militar costosa, pero usada como palanca, no como fin en sí mismo.

Eso, jurídica y estratégicamente, tiene un nombre: negociación coercitiva basada en asimetría de capacidades. Y México lleva años siendo el sujeto pasivo de esa misma táctica.

El pivote iraní como manual de negociación

Trump no está improvisando con Irán. Está aplicando una lógica que usó con China durante la guerra comercial de 2018-2019, que usó con México durante la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en 2017-2018, y que está usando hoy con aranceles, migración y fentanilo.

La secuencia es siempre la misma: primero, escalar la presión hasta un punto de incomodidad máxima para la contraparte; segundo, señalar públicamente una salida que beneficia al interés comercial estadounidense; tercero, presentar el acuerdo resultante como una victoria para ambas partes, aunque las condiciones las haya dictado Washington.

Con Irán, el petróleo es el activo de salida. La señal pública de Trump —menos militarismo, más acceso energético— indica que el objetivo real no fue nunca el cambio de régimen, sino reconfigurar las condiciones bajo las cuales el crudo iraní se mueve en los mercados globales, y quién se beneficia de esa reconfiguración.

Esto tiene consecuencias directas para los precios internacionales del petróleo, para los socios del Golfo Pérsico que han construido su estabilidad fiscal sobre la restricción de oferta, y para México, cuya empresa productiva del Estado —Pemex— opera en un contexto de precios que Washington puede mover con una declaración presidencial.

La soberanía energética mexicana y el elefante en la sala

Aquí entra el ángulo que los medios generales no están cubriendo con suficiente profundidad.

El Artículo 27 constitucional y la Ley de Hidrocarburos de 2014 establecen el marco bajo el cual México ejerce soberanía sobre sus recursos del subsuelo. El T-MEC, en su Capítulo 8 sobre energía, no obliga a México a privatizar Pemex ni a abrir el sector en los términos que sí aplican a otros sectores, pero sí crea obligaciones de trato nacional y condiciones de competencia que limitan los márgenes de maniobra gubernamental.

Lo que ocurre cuando Washington reconfigura el mercado petrolero global —ya sea presionando a la OPEP+, levantando sanciones a Irán o Venezuela, o amenazando con represalias comerciales— es que México recibe el impacto de esas decisiones sin haber participado en ninguna de ellas. Somos precio-aceptantes en un mercado que otros diseñan.

Opinión personal: eso es, en esencia, una forma de vulnerabilidad soberana que no se resuelve con retórica nacionalista ni con decretos presidenciales. Se resuelve con capacidad técnica de negociación, con diversificación de compradores y con una Pemex que opere con criterios de eficiencia, no de clientelismo político.

El gobierno de la llamada Cuarta Transformación optó exactamente por lo contrario: debilitó el marco regulatorio independiente, concentró decisiones en una empresa estatal que acumula deuda y déficit operativo, y apostó por la refinación en lugar de la exploración. El resultado es una empresa que no puede aprovechar los momentos de precio alto porque su capacidad de producción lleva años en declive.

Lo que México debería aprender del pivote iraní

Hay tres lecciones concretas que México debería extraer de este episodio geopolítico:

Primera: las amenazas tienen valor de negociación solo si son creíbles. Trump puede amenazar con acción militar contra Irán porque tiene la capacidad real de ejecutarla, y el historial reciente lo respalda. México, cuando negocia con Estados Unidos en materia comercial o migratoria, rara vez llega con alternativas reales sobre la mesa. Negociar sin opciones equivale a capitular con otro nombre.

Segunda: los activos estratégicos deben estar en condiciones de ser usados. El petróleo iraní tiene peso en la negociación porque Irán puede efectivamente aumentar o restringir su oferta. El petróleo mexicano debería tener el mismo peso, pero Pemex produce hoy significativamente menos que hace quince años. Un activo estratégico deteriorado no es palanca: es lastre.

Tercera: los marcos legales internacionales protegen cuando están bien construidos. El Mecanismo de Solución de Controversias entre Inversionistas y Estados (ISDS, por sus siglas en inglés) del T-MEC —específicamente el Capítulo 14 y los Anexos aplicables a México— ha sido invocado ya por empresas energéticas estadounidenses y canadienses en respuesta a decisiones del gobierno mexicano que consideran violatorias del tratado. Eso no es una amenaza hipotética: son casos activos. México llegó a esas disputas sin haber construido una defensa jurídica sólida durante los años en que tomaba las decisiones que ahora se le cuestionan.

El costo de no leer el tablero

Cada vez que una potencia reordena el mercado energético global, hay ganadores y perdedores. Los ganadores son quienes leyeron el tablero con anticipación y posicionaron sus activos. Los perdedores son quienes llegaron tarde o llegaron sin preparación.

México tiene una posición geográfica, una dotación de recursos naturales y un acceso al mercado estadounidense que son ventajas objetivas y extraordinarias. El T-MEC, con todos sus límites, es el tratado comercial más sofisticado que México ha firmado y uno de los más avanzados del mundo en materia de reglas de origen, comercio digital y mecanismos de solución de disputas.

Pero ninguna ventaja estructural se aprovecha sola. Requiere instituciones capaces, empresas competitivas, reglas estables y negociadores que conozcan el juego que están jugando.

Lo que el pivote iraní de Trump confirma es que Washington juega ese juego con una claridad de objetivos que sus contrapartes frecuentemente subestiman. No es que Trump sea impredecible: es que su lógica de negociación es consistente y los demás se resisten a reconocerla porque incomoda admitir que funciona.

México puede seguir reaccionando a cada movimiento de Washington con declaraciones soberanas y poco contenido real. O puede construir la capacidad técnica, jurídica y económica para sentarse en esas mesas con algo más que buenas intenciones.

La diferencia entre esas dos opciones no es ideológica. Es la diferencia entre un país que defiende su interés nacional con instrumentos reales y uno que lo declama sin tenerlos.

Eso, al final, es la única lección que vale la pena aprender del espectáculo que estamos viendo entre Washington y Teherán.


Por Andres Castillo