La escalada con Irán, el caos arancelario y la parálisis del Congreso estadounidense dibujan un escenario que México debe leer con frialdad estratégica, no con wishful thinking

Cuando Washington tiembla, México no puede dormirse

Hay semanas en que la geopolítica te sacude y te obliga a dejar de lado el análisis de largo plazo para leer lo que está pasando ahora mismo. Esta es una de esas semanas.

En los últimos días se han alineado tres fenómenos simultáneos que, vistos por separado, son preocupantes. Vistos juntos, son potencialmente transformadores para México: la escalada militar entre Estados Unidos e Irán con seis soldados estadounidenses muertos en Kuwait, el caos institucional en Washington donde el Senado rechazó frenar los poderes de guerra de Trump contra Irán, y la nueva ronda de aranceles globales que entrará en vigor esta semana. Todo esto mientras una corte comercial federal ordena reembolsos de aranceles que la Suprema Corte acaba de anular.

Dicho de otra forma: el socio comercial más importante de México está en guerra, en caos institucional y en contradicción jurídica sobre su propia política comercial. Si eso no exige atención inmediata de Palacio Nacional, no sé qué lo haría.


El problema del Congreso que ya no frena al ejecutivo

Empecemos por el dato más revelador de la semana: el Senado de Estados Unidos tuvo la oportunidad de limitar los poderes de guerra del presidente Trump respecto a Irán y decidió no hacerlo. Esto no es un detalle procesal. Es una señal estructural.

Desde la aprobación de la War Powers Resolution de 1973, el Congreso estadounidense tiene —en teoría— la facultad de limitar el uso de la fuerza militar por parte del ejecutivo. En la práctica, esa facultad se ha erosionado década a década. Lo que vimos esta semana es la confirmación de que ese mecanismo de contrapeso ya no funciona como fue diseñado.

Para México esto importa por una razón concreta: cuando el ejecutivo estadounidense actúa sin freno legislativo en materia de seguridad nacional, la tentación de extender esa lógica a otros ámbitos —incluido el comercial— se vuelve real. Ya lo vimos con el uso del International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) para justificar aranceles. Ya lo vimos con las amenazas de usar la designación de cárteles como organizaciones terroristas para justificar acciones unilaterales en territorio mexicano. Un Congreso que no frena al ejecutivo en la guerra, difícilmente lo frenará en la presión a un vecino del sur.

Mi opinión: México debe entender que su interlocutor en Washington no es el Congreso. Es la Casa Blanca. Y eso cambia toda la estrategia de negociación.


La contradicción arancelaria: caos legal que México puede aprovechar

El segundo fenómeno es igualmente significativo, aunque menos visible. Una corte comercial federal —el Court of International Trade— ordenó esta semana reembolsos de los aranceles implementados bajo el IEEPA, justo después de que la Suprema Corte anuló esa misma orden en una decisión paralela. El resultado: contradicción jurídica activa en el sistema federal estadounidense sobre la legalidad de los propios aranceles de Trump.

Esto no es menor. Cuando se negoció la revisión del T-MEC en 2026 —la que formalmente se llama el proceso de revisión previsto en el Artículo 34.7 del tratado— México y Canadá argumentaron, con razón, que los aranceles unilaterales sobre acero y aluminio impuestos en 2018 violaban el espíritu del acuerdo. La respuesta de Washington fue política, no jurídica. Hoy, el propio sistema legal estadounidense está produciendo contradicciones internas sobre la base legal de estos aranceles.

Aquí hay un ángulo que los equipos jurídicos de la Secretaría de Economía deberían estar analizando con lupa: si los tribunales estadounidenses están cuestionando la base legal del IEEPA como fundamento para aranceles, México tiene argumentos adicionales —tanto en los paneles de solución de controversias del T-MEC como en la OMC— para impugnar los aranceles que nos afectan directamente.

El mecanismo está ahí. El Capítulo 31 del T-MEC establece el proceso de solución de controversias entre partes. México lo ha usado antes, con resultados mixtos, pero lo ha usado. La pregunta es si el gobierno actual tiene la voluntad y la capacidad técnica de activarlo de forma agresiva en este momento. Mi experiencia en esas mesas me dice que los ventanas de oportunidad jurídica se cierran. No se pueden aprovechar dos años después.


Irán, Kuwait y el precio del petróleo: el efecto indirecto que nadie calcula

Seis soldados estadounidenses muertos en un ataque iraní en Kuwait. Eso es un casus belli en cualquier manual de relaciones internacionales. La pregunta no es si habrá respuesta militar; la pregunta es de qué magnitud y con qué consecuencias colaterales.

Para México, el canal de transmisión más inmediato es el precio del petróleo. Una escalada seria en el Golfo Pérsico —cierre del Estrecho de Ormuz, ataques a infraestructura saudí, respuesta iraní ampliada— dispararía el precio del crudo. Pemex, que opera con márgenes comprometidos y una deuda que sigue siendo un problema estructural, se vería afectada de formas contradictorias: más ingresos por barril exportado, pero también más costos de importación de gasolinas refinadas, porque México sigue sin tener capacidad de refinación suficiente para su propio consumo. La paradoja de siempre.

Pero hay otro efecto menos discutido: una guerra en Medio Oriente consume atención política y recursos militares estadounidenses. Históricamente, cuando Washington está distraído con un conflicto externo, la presión directa sobre México disminuye en el corto plazo. Eso no es una estrategia —sería irresponsable calcularlo como tal— pero es una realidad geopolítica que cualquier cancillería competente tiene en su radar.

Mi opinión: México no debe alegrarse de ninguna guerra. Pero sí debe entender que la agenda bilateral con Estados Unidos está a punto de competir con una crisis de seguridad nacional mayor para Washington. Los tiempos de negociación cambiarán. Los espacios para maniobrar también.


Lo que México debe hacer esta semana

Termino con lo que siempre termino cuando analizo estas situaciones: ¿qué debería hacer México?

Primero, activar inmediatamente el análisis jurídico sobre la contradicción en los tribunales estadounidenses respecto a la legalidad del IEEPA como base para aranceles. Hay una ventana. Úsenla.

Segundo, no especular públicamente sobre la crisis con Irán ni tomar posición que nos meta en un fuego cruzado diplomático. México tiene una tradición de no intervención que, en este caso, es exactamente la postura correcta. Silencio estratégico, no ingenuidad.

Tercero —y esto va directo a la Secretaría de Economía y a la Cancillería—: si la revisión del T-MEC de 2026 ya está en el horizonte, la preparación técnica debe comenzar ahora, no cuando Washington designe al equipo negociador. Cada mes de ventaja en preparación es un mes de fortaleza en la mesa.

He visto lo que pasa cuando México llega a una negociación sin haber hecho la tarea. Lo vi en los años noventa. Lo vi en la renegociación de 2017-2018. El país siempre paga el costo de la improvisación con concesiones que no debería haber hecho.

Esta semana, Washington está en caos. Eso no significa que México esté seguro. Significa que México tiene una oportunidad breve para moverse con inteligencia mientras el vecino del norte está mirando hacia otro lado.

Aprovéchenla. Porque estas ventanas no duran.


Andrés Castillo es abogado especialista en derecho comercial internacional y ex negociador de tratados comerciales de la Secretaría de Economía.


Por Andres Castillo