Mientras celebra, la coalición oficialista advierte sobre deserciones que podrían fracturar su dominio electoral en estados clave
La máquina electoral de Morena vive una paradoja incómoda. Mientras sus dirigentes celebran públicamente el avance del registro de precandidaturas —una ceremonia que, en apariencia, muestra cohesión y fuerza— en los pasillos privados advierten sobre un riesgo que podría desmoronar esa imagen de unidad: la fragmentación interna.
Según La Jornada, aunque el registro de precandidaturas de Morena, PT y PVEM se desarrolla en un ambiente de celebración, los propios dirigentes del movimiento reconocen el riesgo latente de inconformidades y deserciones posteriores. No es un detalle menor. Es la confesión de que la estructura que López Obrador construyó tiene grietas profundas que el maquillaje electoral no puede ocultar.
El caso de San Luis Potosí es particularmente revelador. En esa entidad, la coalición oficialista podría dividirse, abriendo posibilidades electorales para la oposición. San Luis Potosí no es un estado marginal. Es un actor relevante en la política nacional, y si la coalición Morena-PT-PVEM se fractura ahí, el efecto dominó es predecible: si una división es posible en San Luis Potosí, ¿por qué no en Guanajuato, en Querétaro, en otros bastiones donde el consenso interno es frágil?
Esto revela algo fundamental sobre la naturaleza de Morena. No es un partido en el sentido clásico de la palabra. Es una coalición de intereses, de ambiciones personales y de cálculos electorales que se sostiene gracias a la autoridad moral de López Obrador y a la distribución de poder que él orquestó. Cuando esa autoridad comienza a diluirse —y es evidente que ya lo está haciendo en varios estados— el andamio se tambalea.
La fragilidad es institucional. Morena carece de los mecanismos de resolución de conflictos internos que caracterizan a los partidos tradicionales, incluso a aquellos más cuestionados. Su cultura política se construyó sobre la premisa de que las decisiones vienen desde arriba, del liderazgo, no desde instituciones sólidas. Eso funciona mientras el liderazgo sea indiscutible. Pero el sexenio de Claudia Sheinbaum no es el de López Obrador. Hay mayor dispersión de poder, mayor visibilidad de las pugnas internas, mayores incentivos para que los actores locales busquen sus propias rutas.
Lo irónico es que Morena está experimentando lo que los partidos tradicionales sufrieron durante décadas: la contradicción entre mantener una fachada de unidad monolítica y gestionar las tensiones reales del poder político. La diferencia es que esos partidos desarrollaron mecanismos —algunos democráticos, otros cuestionables— para canalizar esas tensiones sin que explotaran en la cara de la organización. Morena aún está aprendiendo.
La advertencia de los dirigentes sobre deserciones posteriores es particularmente significativa porque es una admisión de que el control no es total. En política, cuando una organización debe advertir públicamente que sus miembros podrían desertar tras un proceso, significa que ese proceso no resolvió los conflictos de fondo. Solo los aplazó. Y los aplazó bajo la presión de una celebración forzada.
Para los estados, esto abre una ventana de oportunidad que no existía hace tres años. La oposición ha sido débil, fragmentada y sin propuestas articuladas. Pero una coalición que se divide desde adentro es más vulnerable que una oposición desorganizada. Una división de Morena en San Luis Potosí o en cualquier otro estado no es victoria de la oposición por mérito propio; es el regalo de la incapacidad de Morena de mantener la disciplina que le permitió arrollar en 2018 y 2021.
El federalismo mexicano, estructuralmente débil y dependiente de los incentivos que la federación distribuye, se ve exacerbado por estas fracturas. Cuando el poder está disperso en múltiples actores con intereses contradictorios, los gobernadores y legisladores estatales operan en una lógica de supervivencia política más que de gobernanza.
Lo que está ocurriendo en Morena es un proceso de normalización brutal: la transición de movimiento a partido, de estructura carismática a estructura burocrática. Y ese proceso siempre deja cicatrices. La pregunta no es si Morena se dividirá en algunos estados. La pregunta es cuándo, dónde y si la cúpula tendrá herramientas institucionales para contenerlo sin que todo se colapse.
Por Sandra Gutierrez