Irán no amenaza solo a Israel o a Estados Unidos. Amenaza las cadenas de suministro que sostienen la industria exportadora mexicana. Y nadie en el gobierno lo está diciendo.
Hay una noticia que esta semana pasó casi desapercibida en los medios mexicanos, sepultada bajo el ruido de la reforma de 40 horas y la evacuación de 121 connacionales del Medio Oriente. Irán reclamó, de manera formal y provocadora, control operativo sobre el Estrecho de Ormuz. Si usted no sabe dónde está ese estrecho ni por qué debería importarle, permítame explicárselo en términos que sí duelen: por ahí pasa aproximadamente el 20% del petróleo que se comercia en el mundo. Y si ese flujo se interrumpe, lo que paga usted por energía, por manufactura, por transporte —todo— sube. No allá. Aquí.
México no tiene tropas en el Golfo Pérsico. México no tiene alianza de defensa con Israel ni con Arabia Saudita. Pero México sí tiene una economía profundamente integrada a cadenas de suministro globales que dependen de que el petróleo fluya, de que los fletes marítimos sean predecibles, y de que la energía no dispare su precio de golpe. La industria automotriz en Coahuila, Nuevo León y Guanajuato; la electrónica en Jalisco; la manufactura de precisión que exportamos bajo el T-MEC —todo eso es vulnerable a una escalada en el Estrecho de Ormuz.
Lo que el derecho internacional dice, y lo que Irán hace
Ser preciso aquí importa. El Estrecho de Ormuz está sujeto al régimen de paso en tránsito establecido en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), específicamente en sus artículos 37 a 44. Ese régimen garantiza el derecho de paso continuo e ininterrumpido a todos los buques y aeronaves, incluidos los militares, por estrechos utilizados para la navegación internacional. Irán firmó la CONVEMAR. La ratificó. Es parte vinculante del tratado.
Cuando Teherán reclama "control" sobre el estrecho, no está ejerciendo soberanía legítima. Está violando —o amenazando con violar— una norma de derecho internacional consuetudinario que precede incluso al tratado moderno. Es una provocación calculada, no una posición jurídica sustentable. Pero en geopolítica, lo que importa no siempre es quién tiene la razón legal. Importa quién tiene los misiles antibuque. Y ahí Irán tiene argumentos que ningún tribunal puede rebatir.
La evacuación: señal de alarma que nadie quiere leer
El gobierno mexicano evacuó 121 ciudadanos del Medio Oriente esta semana. Lo hizo bien, con discreción operativa, y merece reconocimiento por eso. Pero la evacuación es también una confesión implícita: la escalada es real, el riesgo es real, y México no tiene capacidad de proteger a sus ciudadanos en esa región si la situación se deteriora más. Dependemos de la buena voluntad de terceros —Israel, Estados Unidos, Jordania— para sacar a nuestra gente.
Eso no es una crítica al gobierno actual solamente. Es una realidad estructural de décadas. México no proyecta poder fuera de su territorio. Eso tiene ventajas —no nos metemos en guerras ajenas— pero también costos: cuando el mundo se incendia, somos espectadores que pagan la entrada más cara.
El T-MEC y la vulnerabilidad energética que nadie negoció
Aquí viene el ángulo que me interesa como abogado de tratados comerciales. Cuando se negoció el T-MEC —y antes el TLCAN— se construyó un andamiaje sofisticado para proteger el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá de perturbaciones bilaterales. Tenemos mecanismos de solución de controversias, paneles arbitrales, reglas de origen que nos dan ventaja competitiva frente a Asia.
Pero el T-MEC no tiene —ningún tratado comercial tiene— un mecanismo para protegerte de una guerra en el Golfo Pérsico. No hay cláusula que diga: si el precio del petróleo sube 40% por una crisis en el Estrecho de Ormuz, los aranceles se ajustan automáticamente, o los plazos de entrega se flexibilizan, o los contratos de largo plazo se renegocian. Las empresas mexicanas que exportan bajo el tratado quedan expuestas a costos de energía y logística que pueden hacerlas no competitivas de un día para otro, sin remedio jurídico dentro del marco del acuerdo.
Eso no es culpa de nadie en particular. Es la naturaleza de los tratados comerciales: protegen contra el riesgo político entre partes, no contra el caos geopolítico de terceros. Pero sí es responsabilidad de un gobierno serio anticiparlo, planificarlo, y tener una estrategia energética que reduzca esa vulnerabilidad.
PEMEX, la autosuficiencia y la ilusión
En este punto alguien dirá: pero México produce petróleo, somos país productor, ¿cuál es el problema? El problema es que México produce petróleo crudo que refina con dificultad, importa gasolinas, y tiene una empresa estatal —PEMEX— que carga una deuda de más de 100 mil millones de dólares y produce cada vez menos. La soberanía energética que se proclama desde el púlpito presidencial no existe en los hechos. Dependemos de importaciones de combustibles refinados. Y esos refinados vienen, en parte, de cadenas de suministro que pasan por regiones que hoy están en llamas.
La reforma energética que el actual gobierno revirtió tenía fallas. Lo digo con conocimiento de causa. Pero la alternativa —apostar todo a PEMEX sin reformarla, sin competencia, sin inversión privada— nos dejó más vulnerables, no menos, ante exactamente el tipo de shock externo que estamos viendo.
Lo que México debería hacer
No voy a pedir que México mande fragatas al Golfo Pérsico. Eso sería absurdo. Pero sí hay tres cosas concretas que un gobierno que entiende la geopolítica debería hacer ahora mismo.
Primero, activar consultas diplomáticas multilaterales. México tiene asiento en foros internacionales. Debe pronunciarse con claridad sobre el derecho de paso en tránsito y la inviolabilidad del Estrecho de Ormuz bajo el derecho internacional. No como gesto simbólico, sino como posicionamiento que protege nuestros intereses comerciales y da señal a los mercados de que somos un actor serio.
Segundo, ordenar un análisis de vulnerabilidad de la cadena de suministro exportadora. ¿Qué sectores del T-MEC son más sensibles a un shock energético? ¿Qué empresas tienen contratos de largo plazo que se vuelven imposibles si el barril sube a 120 o 140 dólares? Ese análisis debe hacerse hoy, no cuando ya esté ardiendo.
Tercero, y esto es estructural: abrir el debate honesto sobre inversión privada en energía. No como ideología. Como necesidad de seguridad nacional. Un México que produce más de su propia energía con eficiencia es un México menos vulnerable a lo que decida un ayatola en Teherán.
El mundo no espera
La geopolítica no pide permiso. El Estrecho de Ormuz no está en nuestro mapa mental porque nos enseñaron a pensar que lo que pasa lejos no nos toca. Eso fue verdad cuando éramos una economía cerrada. Hoy somos la economía número doce del mundo, el segundo socio comercial de Estados Unidos, y una plataforma manufacturera integrada globalmente.
Lo que pasa en el Golfo Pérsico llega a las plantas de Monterrey, a las maquiladoras de Ciudad Juárez, a los campos petroleros del Golfo de México. La pregunta no es si nos afecta. La pregunta es si tenemos un gobierno que lo entiende y actúa en consecuencia.
Hasta ahora, la respuesta es no.
Por Andres Castillo