Cuando Trump mueve el tablero geopolítico, las consecuencias llegan a todo el hemisferio. La pregunta es si México está preparado para negociar o solo para reaccionar.
El precio del petróleo cayó 15% en cuestión de horas. No fue una crisis de oferta. No fue un colapso de la demanda. Fue una negociación. Donald Trump abrió un canal directo con Irán, y los mercados respondieron con la velocidad que solo tienen cuando algo verdaderamente estructural cambia en el tablero energético global.
El Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo que consume el mundo— dejó de ser un punto de fricción, al menos temporalmente. Eso no es una nota de color. Es una reconfiguración geopolítica con consecuencias directas para los precios de exportación de México, para la posición de Pemex en los mercados internacionales y para el margen fiscal de un gobierno que depende del petróleo más de lo que debería en 2025.
Pero hay un ángulo que los analistas energéticos están pasando por alto: lo que esta negociación revela sobre el método Trump y sobre cómo México debería —o no debería— replicar ese método en su propia relación bilateral.
La doctrina de la presión máxima como herramienta de negociación
Trump no inventó las sanciones contra Irán, pero sí llevó la presión económica a un nivel sin precedente durante su primer mandato, cuando en 2018 retiró a Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto —el acuerdo nuclear conocido como JCPOA, firmado en 2015 bajo la administración Obama con la participación de las cinco potencias permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la Unión Europea. Esa salida unilateral fue criticada por todos los aliados de Washington. Hoy, esa misma presión máxima es lo que sentó a Irán en la mesa.
El argumento de los críticos siempre fue que la presión máxima no funciona, que aisla a Estados Unidos, que endurece las posiciones del adversario. Los hechos de esta semana no confirman ni refutan esa tesis de manera definitiva —una tregua no es un tratado, y Irán ha demostrado históricamente una capacidad notable para negociar con una mano y continuar con sus programas estratégicos con la otra. Pero sí confirman algo más práctico: la presión económica sostenida produce resultados en la mesa que la diplomacia blanda no produjo en años.
Esta es la lección que México debería estudiar con atención, no para aplicarla con Irán —ese no es nuestro problema— sino para entender la lógica con la que el socio más importante de nuestra economía está operando.
La OTAN y el patrón que se repite
Al mismo tiempo que negociaba con Teherán, Trump recibía en la Casa Blanca al secretario general de la OTAN, Mark Rutte. El tema: el futuro del compromiso estadounidense con la alianza atlántica. Las señales que han salido de esa reunión son consistentes con la posición que Trump ha mantenido durante años: Estados Unidos no va a seguir financiando la seguridad de países europeos que no cumplen con el compromiso del 2% del PIB en gasto de defensa.
Esta posición es, en términos jurídicos, perfectamente coherente con el texto del Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte —que establece la defensa colectiva como obligación mutua, pero no define automáticamente el nivel de contribución de cada miembro. Trump no está violando el tratado; está reinterpretando los términos de la relación de poder dentro de él. Eso es negociación. Eso es lo que hacen los países que saben que tienen apalancamiento.
Y aquí está el espejo para México: en el T-MEC —el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, vigente desde 2020 en sustitución del TLCAN— existen mecanismos de revisión periódica. El primero está programado para 2026. Esa revisión no es una amenaza abstracta; es una fecha concreta en la que la contraparte más poderosa de la mesa va a llegar con una lista de lo que quiere cambiar.
México: ¿negociador o reactivo?
La pregunta que vale la pena hacerse hoy, mientras Trump mueve fichas con Irán y presiona a la OTAN, es esta: ¿cuál es la posición negociadora de México para 2026?
No la posición declarativa —esa la conocemos, es la retórica de soberanía que se pronuncia en cada conferencia mañanera. La posición real: ¿qué quiere México obtener en la revisión del T-MEC? ¿Qué está dispuesto a ceder? ¿Qué líneas no va a cruzar? ¿Y con qué apalancamiento llega a esa mesa?
El apalancamiento existe. México es el primer socio comercial de Estados Unidos —superó a China en 2023 y ha consolidado esa posición. La manufactura instalada en territorio mexicano —automotriz, aeroespacial, electrónica— es parte de cadenas de suministro que no se relocalizan de un año para otro sin un costo enorme para las empresas estadounidenses. Ese es poder real. El problema es que el poder no negociado es poder desperdiciado.
Cuando se negoció el capítulo de solución de controversias del T-MEC —el Capítulo 31— México aceptó un mecanismo que, en la práctica, ha sido usado recurrentemente por Estados Unidos para impugnar decisiones energéticas de la actual administración. Los paneles arbitrales en materia de energía no son una amenaza futura; ya son una realidad presente. Y cada vez que México responde tarde, de manera improvisada o con argumentos jurídicos débiles, cede terreno que después es muy difícil recuperar.
El precio del petróleo y la trampa de la dependencia fiscal
Hay un efecto inmediato que merece atención: la caída del 15% en el precio del petróleo por la apertura del Estrecho de Ormuz golpea directamente los supuestos sobre los que se construyó el presupuesto mexicano. El precio de referencia del crudo mexicano Mezcla —que el gobierno utilizó para estimar ingresos petroleros en el Presupuesto de Egresos de la Federación 2025— ya está bajo presión.
Esto no es un fenómeno aislado. Es la demostración, una vez más, de que una economía que depende estructuralmente de los ingresos petroleros para financiar gasto corriente está permanentemente a merced de decisiones que se toman en Teherán, Riad o Washington. La diversificación de ingresos fiscales no es una recomendación académica; es una necesidad de seguridad nacional.
La ironía es que mientras Trump usa el petróleo como palanca geopolítica global, México sigue atado a ese mismo recurso para financiar sus programas sociales. Esa dependencia no es soberanía; es vulnerabilidad con bandera.
Lo que México debería hacer
La conclusión es incómoda pero necesaria: México necesita llegar a la revisión del T-MEC en 2026 con una estrategia construida desde hoy, no desde el mes anterior a la negociación.
Esa estrategia debe incluir, primero, una posición clara en materia energética que sea jurídicamente sólida dentro del marco del tratado —no declaraciones políticas que los paneles arbitrales desmontan en cuestión de meses. Segundo, una agenda ofensiva: qué quiere México mejorar en acceso a mercados, en reglas de origen para sectores donde tiene ventaja competitiva real, en protección de inversiones. Tercero, una coalición con el sector privado mexicano que amplifique la posición negociadora con datos concretos de empleo, inversión y comercio.
Trump le enseñó al mundo esta semana que la presión produce resultados cuando está respaldada por apalancamiento real y voluntad de usarlo. México tiene el apalancamiento. Lo que falta es la estrategia y la voluntad de ejercerlo con inteligencia, no con confrontación estéril ni con sumisión silenciosa.
El Estrecho de Ormuz está, por ahora, abierto. La ventana para preparar la negociación de 2026 también. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a dejarla pasar.
Por Andres Castillo