Washington reordena sus prioridades con 1.5 billones de dólares en defensa. La pregunta no es si nos gusta ese mundo. La pregunta es qué vamos a hacer en él.
Hay ediciones que se escriben solas. La de hoy es una de ellas.
En las últimas horas, la administración de Donald Trump presentó el mayor presupuesto militar en décadas —1.5 billones de dólares destinados a defensa—, anunció el rescate de un piloto estadounidense en Irán, ejecutó arrestos de familiares de Qasem Soleimani bajo custodia del ICE, y dejó que la Corte Suprema comenzara a revisar los fundamentos constitucionales de la ciudadanía por nacimiento. No es ruido. Es una señal coherente, deliberada y sostenida: Estados Unidos ha decidido que la fuerza —militar, legal, económica— es su instrumento principal de política exterior e interior.
Podemos debatir si eso es deseable. Pero los que trabajamos, generamos empleo y operamos negocios a lo largo del corredor T-MEC no tenemos el lujo de debatir desde la comodidad ideológica. Tenemos que leer la realidad como es y tomar decisiones en consecuencia.
El mundo que ya existe
1.5 billones de dólares en defensa no es solo un número presupuestal. Es una declaración de intención. Cuando una potencia destina esa magnitud de recursos a capacidad militar —mientras simultáneamente presiona en migración, comercio y política judicial—, está construyendo una arquitectura de negociación donde el peso específico de cada contraparte importa más que nunca.
México es la contraparte más cercana. Compartimos 3,100 kilómetros de frontera, somos el principal socio comercial de Estados Unidos y tenemos un tratado —el T-MEC— que vence en 2026 y que será renegociado en ese entorno de fuerza. No en el entorno diplomático de hace diez años. En este.
La pregunta que el sector productivo mexicano debería hacerse hoy no es si Trump es bueno o malo para el país. Esa es una pregunta para los analistas de televisión. La pregunta real es: ¿con qué poder de negociación llega México a esa mesa?
El costo de la debilidad institucional
Cualquier negociador experimentado conoce la regla básica: no puedes negociar desde la fortaleza si tu contraparte percibe debilidad estructural. Y en este momento, México presenta señales preocupantes en exactamente los frentes que más importan para esa negociación.
La Secretaría de Economía opera sin la autonomía técnica que requiere una negociación comercial compleja. Las instituciones regulatorias han sido debilitadas o capturadas. La inversión privada retrocede en sectores estratégicos. El Banco de México —una de las pocas instituciones que aún genera confianza entre los mercados internacionales— está siendo observado con desconfianza creciente desde el Ejecutivo. Y el sector empresarial, que debería ser el aliado natural del Estado en una negociación comercial, lleva años siendo tratado como adversario en lugar de como interlocutor.
Eso tiene consecuencias medibles. Según datos del Banco de México, la inversión extranjera directa en el primer trimestre de 2025 mostró una desaceleración significativa respecto al mismo período de 2024. Las empresas que mueven decisiones de expansión en el corredor T-MEC están esperando señales de estabilidad que no llegan. El nearshoring —que representó la oportunidad económica más importante para México en décadas— está perdiendo impulso no por falta de interés global, sino por falta de certeza jurídica doméstica.
Lo que el presupuesto militar de Trump le dice a México
No le dice que va a invadirnos. Esa lectura es simplista y sirve solo para alimentar el discurso de victimización. Lo que le dice es más preciso y más exigente: le dice que Estados Unidos está dispuesto a proyectar poder de maneras que antes consideraba excesivas, y que espera que sus contrapartes —incluido México— lleguen a la mesa con solvencia, no con súplica.
Le dice que la dependencia energética, la debilidad en seguridad y el desmantelamiento de instituciones autónomas son vulnerabilidades que Washington puede y va a usar como palancas de presión cuando le convenga. Le dice que el tiempo de las relaciones cordiales basadas en la inercia del TLCAN terminó, y que el T-MEC 2026 se va a negociar en función de lo que cada parte ponga sobre la mesa.
Quienes operamos en ese entorno —exportadores, manufactureros, operadores logísticos, empresas de servicios con clientes en ambos lados de la frontera— sabemos lo que eso significa en términos prácticos: contratos en revisión, cadenas de suministro bajo escrutinio, decisiones de inversión postergadas hasta tener claridad sobre las reglas del juego post-2026.
La alternativa concreta
No estamos pidiendo alineamiento incondicional con Washington. Estamos pidiendo inteligencia estratégica.
Una política exterior y económica que entienda el momento requiere, primero, fortalecer las instituciones que generan confianza internacional —no debilitarlas—. Requiere reincorporar al sector privado como aliado estratégico en la negociación comercial, porque son las empresas —no los funcionarios— quienes conocen los detalles de las cadenas de valor que están en juego. Requiere una política de seguridad que muestre resultados medibles en los indicadores que Washington usa para evaluar la cooperación bilateral. Y requiere una comunicación directa, sin ambigüedad, de que México entiende las reglas del nuevo entorno y está preparado para operar en ellas.
Eso no es sumisión. Es precisamente lo contrario: es negociar desde la fortaleza, no desde la improvisación.
El momento exige claridad
La edición de hoy documenta un punto de inflexión. Estados Unidos está reordenando su presencia en el mundo con una lógica clara: capacidad primero, negociación después. México tiene dos años para llegar a la mesa del T-MEC 2026 con algo que ofrecer y con instituciones que respalden lo que firme.
Los contribuyentes, los empresarios y los trabajadores que dependen de esa relación comercial merecen un gobierno que entienda la urgencia. La pregunta es si quienes toman las decisiones están leyendo el mismo mundo que el resto de nosotros.
Porque hay cosas que vale la pena defender. Y la competitividad de México en el T-MEC es una de ellas.
Por Eduardo Rios