El mayor presupuesto militar en décadas llega sin una conversación seria sobre qué se sacrifica en el altar del gasto defensivo

El Pentágono recibirá 1.5 billones de dólares. No millones. Billones. Una cifra que, escrita con todos sus ceros, tiene doce dígitos y una capacidad casi ilimitada para adormecer la indignación del contribuyente estadounidense. Donald Trump presentó esta semana la propuesta de gasto militar más ambiciosa en décadas, y los titulares la cubrieron con la misma solemnidad con que se anuncia una victoria. Lo que casi nadie preguntó fue lo más obvio: ¿de dónde sale ese dinero y qué se deja de hacer para gastarlo?

Esa pregunta no es antipatriótica. Es aritmética básica.

El número que nadie desglosa

Estados Unidos ya era, antes de este presupuesto, el país con mayor gasto militar del mundo por un margen obsceno. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en 2023 Washington destinó 916,000 millones de dólares a defensa, más que los nueve países siguientes en el ranking combinados. China, en segundo lugar, gastó 296,000 millones. Rusia, 109,000 millones.

Ahora la propuesta Trump escala esa cifra a 1.5 billones. Un incremento de más del 60% sobre una base que ya era la más alta del planeta. La justificación oficial mezcla tres ingredientes conocidos: la amenaza china en el Indo-Pacífico, la guerra en Ucrania como recordatorio de que los conflictos convencionales no han desaparecido, y la narrativa de que América estuvo desarmada durante los años demócratas. El tercero es el más cuestionable: el gasto militar de Estados Unidos nunca dejó de crecer en términos absolutos durante las últimas dos décadas, independientemente del partido en la Casa Blanca.

Lo que la administración no explica con la misma energía es la contrapartida fiscal. El déficit federal de Estados Unidos superó los 1.8 billones de dólares en el año fiscal 2024. La deuda pública roza los 36 billones. En ese contexto, añadir cientos de miles de millones más al gasto sin una reducción equivalente en otra parte no es fortaleza nacional. Es una tarjeta de crédito disfrazada de escudo.

El argumento serio y sus límites

Hay una defensa legítima del gasto en defensa que merece tomarse en serio antes de descartarla. La disuasión tiene valor económico real: un mundo con hegemonía estadounidense estable ha sido, históricamente, más favorable al comercio internacional, a los flujos de inversión y a la seguridad jurídica que cualquier alternativa multipolar que hoy se vislumbra. Taiwan, Corea del Sur y Japón construyeron milagros económicos bajo el paraguas de seguridad que Washington financió. Eso no es propaganda; es historia.

También es cierto que la inversión en tecnología militar tiene efectos de derrame hacia el sector privado. Internet, el GPS, los semiconductores modernos: todos tienen raíces en contratos del Departamento de Defensa. El argumento de que gastar en el Pentágono es puro desperdicio ignora décadas de innovación que el mercado solo no habría financiado en los mismos tiempos.

Pero ninguno de esos argumentos justifica cualquier cifra. Justifican un gasto robusto y estratégico, no uno que crece un 60% sin que nadie en el Congreso haya explicado qué capacidades específicas se están comprando, a qué costo por unidad, con qué auditoría de resultados. El Pentágono es, literalmente, la única agencia federal que ha reprobado sistemáticamente sus auditorías internas. No una vez. Seis años consecutivos, desde que se implementó la auditoría obligatoria en 2018, el Departamento de Defensa no ha podido explicar a qué se destinaron todos sus recursos.

Eso no es seguridad nacional. Es un cheque en blanco.

Lo que México debería calcular

Este debate no es solo estadounidense. México tiene piel en el juego por dos razones que rara vez se articulan juntas.

Primera: Estados Unidos es el socio comercial que absorbe casi el 80% de las exportaciones mexicanas. Una economía norteamericana que se endeuda sin límite para sostener su aparato militar es una economía con mayor riesgo de corrección fiscal violenta. Cuando Washington eventualmente tenga que recortar —o cuando los mercados fuercen esa conversación, como ocurrió en el Reino Unido en 2022 con Liz Truss— las ondas de choque no respetan fronteras. El peso, la inversión extranjera directa y el nearshoring que México tanto necesita son vulnerables a ese escenario.

Segunda: la conversación sobre el gasto militar estadounidense está directamente conectada con las demandas que Washington hace a sus socios regionales. Trump ha presionado a los aliados de la OTAN para que lleguen al 2% del PIB en defensa. La misma lógica, tarde o temprano, se traslada a la relación bilateral con México, donde el tema del financiamiento de la seguridad fronteriza y el combate al crimen organizado ya está sobre la mesa. Entender la aritmética del presupuesto defensivo estadounidense es entender el poder de negociación real que tiene México, y sus límites.

La pregunta que vale un billón

El rescate del piloto estadounidense derribado en Irán, anunciado también esta semana por Trump con evidente satisfacción política, ilustra exactamente por qué el gasto en defensa tiene apoyo genuino en la opinión pública: produce resultados visibles, dramáticos, personales. Un hombre vivo en lugar de muerto. Eso conecta emocionalmente de una manera que ninguna reducción del déficit puede igualar.

El problema es que las políticas públicas que se diseñan para la foto generan presupuestos que se pagan en silencio. Cada dólar que va al Pentágono sin auditoría es un dólar que no se destina a reducir la deuda que hipoteca la competitividad estadounidense frente a China en el largo plazo. La paradoja es cruel: el gasto diseñado para contener a Beijing puede estar, en sus excesos, financiando el mismo desequilibrio fiscal que hace a Washington más vulnerable.

Los conservadores fiscales serios —no los que usan la etiqueta solo cuando gobierna el partido contrario— deberían ser los primeros en exigir que 1.5 billones de dólares vengan acompañados de una lista detallada de qué se compra, a qué precio, con qué métricas de éxito y bajo qué mecanismo de rendición de cuentas. No porque Estados Unidos no merezca un ejército poderoso. Sino precisamente porque lo merece.

Un ejército que no puede auditarse es un ejército que no puede reformarse. Y un presupuesto que no puede justificarse es, en el fondo, solo un número muy grande.

Los números muy grandes, sin explicación, siempre terminan pagándolos alguien. Casi nunca quienes los aprobaron.


Por Claudia Vargas