Cuando una potencia regional le dice no a Washington, el mundo toma nota. ¿Qué aprende México de ese tablero?

La semana pasada, Irán le dijo que no a Donald Trump. No con evasivas diplomáticas ni con la retórica tibia de quien teme represalias, sino con condiciones públicas, explícitas y diseñadas para hacer inviable cualquier acuerdo en los términos que Washington propuso. Enriquecimiento de uranio doméstico, no subordinación a inspecciones sin reciprocidad, levantamiento de sanciones como punto de partida —no como recompensa— y rechazo expreso a desmantelar su programa balístico. Teherán no negocia pidiendo permiso. Negocia desde una posición construida durante años de resistencia costosa pero deliberada.

Esto no es un editorial sobre política de Medio Oriente. Es una columna sobre cómo se negocia cuando el interlocutor es Estados Unidos.

La geometría del poder en una mesa de negociación

La teoría de juegos aplicada a la diplomacia tiene un principio que los negociadores experimentados conocen bien: el que tiene más que perder en el corto plazo tiene menos poder en la mesa, pero el que tiene más que perder en el largo plazo tiene menos opciones. Irán lleva cuatro décadas demostrando que puede absorber el costo de corto plazo —sanciones, aislamiento, inflación— para preservar su margen de maniobra estratégico.

No se trata de aplaudir al régimen iraní —sus violaciones a derechos humanos y su papel desestabilizador en la región son documentados y condenables. Se trata de analizar, con frialdad, qué hace que un país negocie con fuerza y qué hace que otro negocie cediendo antes de sentarse.

El rechazo iraní al plan Trump no es suicida: es calculado. Teherán sabe que Washington necesita un acuerdo que pueda presentar como victoria antes de que el ciclo político interno lo devore. Las elecciones de medio término en Estados Unidos, la presión del ala aislacionista republicana, los índices de aprobación: todo eso es información que Irán procesa. Y negocia en función de ello.

México y el síndrome de la prisa

Aquí viene la parte incómoda.

Cuando México ha enfrentado presiones comerciales y diplomáticas de Estados Unidos en los últimos años —aranceles, listas de verificación del T-MEC, paneles de disputas sobre energía, presiones en materia de seguridad—, la respuesta del gobierno de la 4T ha oscilado entre dos extremos igualmente peligrosos: la confrontación verbal sin sustento legal y la capitulación silenciosa.

El T-MEC, firmado en 2020, incluye mecanismos precisos de resolución de controversias. El Capítulo 31 establece el proceso de consultas entre partes antes de activar un panel. El Capítulo 14 protege la inversión extranjera con estándares de trato justo y equitativo. El Anexo 14-E específicamente regula las disputas en el sector energético. Estas herramientas existen. Están firmadas. Tienen fuerza vinculante.

Sin embargo, cuando Estados Unidos activó el mecanismo de respuesta rápida del Capítulo 31-A contra plantas en Tamaulipas y Sonora acusadas de violar derechos laborales, México respondió con negociaciones bilaterales que cedieron terreno operativo antes de agotar los recursos legales disponibles. No fue la única vez.

La política energética de la administración López Obrador —y su continuación bajo Sheinbaum— ha sido objeto de al menos tres solicitudes de consulta formal por parte de Estados Unidos y Canadá bajo el T-MEC, relacionadas con las reformas a la Ley de la Industria Eléctrica y las condiciones impuestas a la inversión privada en el sector. En lugar de construir un alegato jurídico sólido basado en los textos del tratado, México ha preferido el cabildeo informal y las declaraciones de soberanía que no se traducen en posiciones legales concretas.

Declarar soberanía en un micrófono no equivale a ejercerla en una mesa de negociación.

Lo que Irán hace diferente —y lo que no debería imitarse

Hay algo que Irán hace que México no puede ni debería replicar: la disposición a sacrificar bienestar económico por décadas en nombre de una posición geopolítica. El costo humano de ese modelo es inaceptable para cualquier democracia que se tome en serio a sus ciudadanos.

Pero hay algo que sí merece atención: la preparación técnica de sus posiciones. Cuando Teherán rechaza las condiciones de Washington, no lo hace con improvisación. Lo hace con argumentos construidos sobre el Tratado de No Proliferación, sobre el derecho internacional al uso pacífico de la energía nuclear reconocido en el Artículo IV del TNP, sobre los precedentes del Plan de Acción Integral Conjunto de 2015. Tiene abogados internacionales. Tiene negociadores que conocen cada coma de cada acuerdo previo.

México tiene un tratado comercial que es, técnicamente, uno de los más sofisticados del mundo. Tiene expertos en comercio internacional formados en sus propias instituciones. Tiene un historial de negociación —el TLCAN original, su renegociación— que debería ser fuente de confianza institucional. El problema no es la capacidad. Es la voluntad política de usarla.

El tablero que se está redefiniendo

La señal que envía el rechazo iraní al plan Trump no se procesa únicamente en Washington o en Teherán. Se procesa en todas las capitales que tienen una relación asimétrica con Estados Unidos y están observando cómo se calibra la resistencia.

México comparte más de tres mil kilómetros de frontera con la economía más grande del mundo. Su dependencia comercial con Estados Unidos supera el 80% de sus exportaciones. Esa asimetría es real y no desaparece por decreto. Pero la asimetría comercial no implica la renuncia a la posición jurídica. Son variables distintas.

En opinión de quien escribe, el error estratégico más costoso que México puede cometer en este momento es confundir dependencia económica con obligación de capitulación diplomática. La fortaleza negociadora no requiere ruptura. Requiere preparación, conocimiento del texto aplicable y voluntad de llegar hasta el final de los mecanismos que el propio tratado ofrece.

Lo que México debería hacer

Primero: activar plenamente los mecanismos de defensa del T-MEC cuando las demandas de Estados Unidos excedan lo pactado en el tratado. No como provocación, sino como ejercicio legítimo del derecho acordado por ambas partes.

Segundo: construir posiciones jurídicas escritas, técnicas y públicas antes de sentarse a negociar. La transparencia no debilita —fortalece, porque compromete a la contraparte a responder con el mismo nivel de seriedad.

Tercero: separar la retórica soberanista del ejercicio real de soberanía. Una es declarativa. La otra es institucional, legal y costosa de ignorar.

Irán le dijo que no a Trump esta semana. No lo hizo con discursos. Lo hizo con condiciones escritas, respaldadas en derecho internacional y calibradas para hacer insostenible el acuerdo en los términos propuestos. Eso se llama negociar.

México tiene mejores cartas. El problema es que lleva demasiado tiempo jugando con ellas boca abajo.


Por Andres Castillo