La escalada entre Estados Unidos e Irán no es un conflicto lejano. Es una variable que ya está dentro de la ecuación de cada empresa mexicana que opera en el T-MEC.
La edición de hoy tiene un hilo conductor que no es difícil de identificar: el mundo está siendo gobernado con gasolina cerca de una flama. Y México, quiera o no, está parado en el mismo cuarto.
Ocho notas. Ocho ángulos distintos. Un solo tema de fondo: la incertidumbre geopolítica ya no es un asunto de analistas internacionales o catedráticos de relaciones exteriores. Es un factor de riesgo operativo, financiero y comercial para cualquier empresa que dependa del comercio exterior, de los energéticos o de la estabilidad del dólar. Es decir, para prácticamente toda empresa mexicana de tamaño relevante.
El problema no es Trump. El problema es la imprevisibilidad.
Seamos precisos: no es ideológicamente correcto en este medio atacar a Trump por principio. Lo hemos dicho antes y lo repetimos. Su primer mandato generó condiciones de crecimiento real, desregulación y una renegociación del T-MEC que, con todos sus defectos, dio certeza al sector productivo de América del Norte.
Pero lo que estamos viendo en esta segunda etapa es distinto. Las amenazas de bombardear campos de gas iraní en respuesta a un ataque a Qatar, la renuncia de funcionarios clave en el Pentágono por diferencias con la política exterior, y la incapacidad del Senado de confirmar al titular del Departamento de Seguridad Nacional con un presupuesto definido — todo eso apunta a un gobierno que opera en modo reactivo, no estratégico.
Any serious businessman knows the rule: you don't fight on two fronts with cash flow tight. Cualquier empresario serio conoce la regla: no peleas en dos frentes con el flujo ajustado. Washington parece haber olvidado esa lección.
Y cuando el gobierno más poderoso del mundo olvida esa regla, los mercados lo descuentan. El petróleo sube. Las cadenas de suministro se tensan. Las tasas de interés responden. Y en México, el tipo de cambio absorbe el golpe antes que cualquier otro indicador.
Lo que México no puede ignorar
Nuestro análisis de hoy sobre el tablero roto en el Golfo Pérsico lo plantea con claridad: Qatar es el tercer exportador mundial de gas natural licuado. Si ese corredor se interrumpe — por conflicto, por cierre del Estrecho de Ormuz, por cualquier escalada — los precios energéticos globales se recalibran en cuestión de días, no de semanas.
México importa gas natural de Estados Unidos, sí. Pero opera en un mercado energético global donde los precios de referencia los fija el mercado internacional. Pemex, ya de por sí en una situación financiera que el Banco de México no calificaría de holgada, enfrenta una ecuación más compleja si el precio de los insumos sube y el gobierno sigue sin tener una política energética que funcione más allá de los discursos sobre soberanía.
La soberanía energética real se construye con inversión privada, infraestructura moderna y contratos que se respetan. No con retórica y refinería cara.
El costo de la política como espectáculo
Hay otro elemento que la edición de hoy expone con nitidez: la política en Estados Unidos está cada vez más fragmentada. Los demócratas eligen candidatos que compiten por ver quién adopta la postura más extrema en política exterior. Los republicanos lidian con tensiones internas entre la línea MAGA y los cuadros institucionales del Pentágono. Illinois tiene su propia primaria con resultados que nadie predijo.
Ese nivel de fragmentación tiene consecuencias directas para México. Cuando nuestro principal socio comercial — destino del 80% de nuestras exportaciones — opera con un Congreso dividido, una burocracia de seguridad nacional en conflicto interno y una política exterior que cambia por tuit, el margen de maniobra para negociar desde la fortaleza se estrecha.
Y aquí sí tenemos que ser duros con el gobierno mexicano: el momento de haber construido esa posición de fortaleza era hace tres años, cuando los precios del petróleo eran altos, el T-MEC estaba recién firmado y había capital político disponible. En cambio, se usó ese margen para desmantelar reguladores autónomos, ahuyentar inversión privada y militarizar funciones que debían ser civiles.
Hoy, cuando más necesitamos instituciones sólidas para negociar, tenemos instituciones debilitadas. Cuando más necesitamos certeza jurídica para atraer inversión que nos dé músculo en la mesa, tenemos reformas constitucionales que generan más dudas que respuestas.
¿Qué le pedimos al sector productivo?
No pánico. Nunca pánico. El pánico es el lujo de quienes no tienen que pagar nómina el próximo viernes.
Lo que corresponde ahora es precisamente lo que el sector privado mexicano ha hecho siempre que el gobierno falla: adaptarse, diversificar, planear con escenarios múltiples y exigir — con voz clara, no con silencio cómplice — que quienes toman decisiones públicas entiendan las consecuencias reales de sus acciones.
Las cámaras empresariales, los organismos del sector logístico, las asociaciones de comercio exterior: tienen hoy una responsabilidad que no pueden delegar. La geopolítica ya entró al plan de negocios. No es opcional analizarla.
El cierre
Gobernar con gasolina cerca de una flama no solo es peligroso para quien gobierna. Es peligroso para todos los que vivimos en el mismo edificio.
México está en ese edificio. La pregunta que queda sobre la mesa — y que le hacemos a quienes toman decisiones en Los Pinos, en el Senado y en las secretarías de Estado — es simple: ¿están gobernando con la cabeza fría que el momento exige, o están demasiado ocupados en la siguiente jugada política como para ver el riesgo real?
Nosotros, los que generamos empleo, pagamos impuestos y movemos la economía real de este país, necesitamos saberlo. Porque si ellos no están atentos, tendremos que serlo nosotros.
Como siempre.
Por Eduardo Rios