En tres semanas de combate, la administración pierde respaldo doméstico. Muertos en Irak, negociaciones fracasadas y divisiones republicanas amenazan la estrategia.
La guerra contra Irán que Trump lanzó hace tres semanas está mostrando los síntomas clásicos del fracaso político: bajas militares sin victorias claras, apoyo público en caída libre y una administración que intenta reescribir la narrativa mientras los hechos se le escapan de las manos.
Esta semana llegó la primera evidencia tangible del costo real de la operación. Seis miembros de la tripulación de un avión de reabastecimiento murieron cuando la aeronave se estrelló en Irak occidental durante operaciones contra Irán. No fueron en combate directo. Fueron un accidente logístico. Y aun así, seis cascos que no van a regresar a casa.
Lo más grave no es la pérdida en sí —la guerra siempre cobra—, sino que está ocurriendo mientras el Pentágono reporta que el apoyo público para esta operación está debilitándose. Después de tres semanas. Tres semanas.
Para dimensionar esto: una guerra que Trump vendió como necesaria, rápida y ganadora está perdiendo legitimidad política antes de que termine el primer mes. Eso no es un mal mes de relaciones públicas. Es un problema estructural.
Trump versus la realidad
La administración intenta reenfocarse en su mensaje de "ganar." Buena suerte con eso.
Esta semana, Trump afirmó que Irán había solicitado negociaciones de alto al fuego. Fue un movimiento típico suyo: tomar una situación incierta y declararla victoria. El problema: el ministro de Relaciones Exteriores de Irán negó públicamente haber solicitado cese al fuego alguno. No es una matiz diplomática. Es una mentira directa, capturada en video.
Mientras tanto, Israel reportó un nuevo barrage de ataques contra el oeste de Irán. La guerra no solo continúa. Se está expandiendo. Y Trump está hablando de negociaciones que nadie pidió.
Esto es lo que pasa cuando una guerra se vende como comunicado de prensa en lugar de como estrategia. Los hechos en el terreno no se ajustan al titular. Irán no está pidiendo paz. Israel sigue bombardeando. Y seis soldados estadounidenses están muertos.
La jugada fallida del Estrecho de Hormuz
Entes de enfrentar la realidad incómoda en el frente, Trump ha pivotado a una nueva iniciativa de seguridad marítima. Solicitó a Reino Unido, China, Francia, Japón y Corea del Sur que envíen buques de guerra al Estrecho de Hormuz para "defender" la ruta crítica de transporte de petróleo.
Hay algo cómico en la lógica aquí. Trump está pidiendo a China —un competidor estratégico— que ayude a proteger rutas comerciales estadounidenses mientras su guerra irrita precisamente a los actores que más amenazan esa navegación. Es como pedir al pirata que cuide el barco.
Más importante: esto es una ampliación de la guerra sin autorización del Congreso. No es defensa. Es proyección de poder que requiere presencia militar permanente, dinero constante y, inevitablemente, más cascos en féretros.
El lado doméstico se desmorona
Mientras Trump lidia con Irán, los republicanos están perdiendo terreno en casa.
En las últimas 14 meses —desde enero 2025 hasta ahora—, los demócratas han ganado 28 escaños en elecciones legislativas estatales. Eso no es ruido estadístico. Es una tendencia. La participación electoral en esas contiendas favoreció al partido demócrata, lo que preocupa seriamente a los republicanos de cara a las elecciones intermedias.
Una guerra impopular no ayuda a cambiar esa dinámica. Al contrario. Cuando el presidente está lidiando con bajas militares y negociaciones fracasadas, los votantes en estados clave no piensan en "ganar." Piensan en dinero para carreteras, escuelas y economía.
El extremismo que Trump no quiere ver
Y hay más. Esta semana, autoridades israelíes afirmaron que el hermano del hombre acusado de conducir un camión con explosivos hacia una sinagoga en Míchigan fue comandante de Hezbollah. El sospechoso presuntamente perdió familia en Líbano recientemente.
Lo que esto sugiere es una radicalización doméstica vinculada directamente a la guerra. No son acusaciones aisladas. Son células potencialmente conectadas a actores que Trump está bombardeando.
Una guerra que Trump vende como externa termina teniendo consecuencias muy internas.
La realidad sin filtro
Tres semanas. Seis muertos. Apoyo público en caída. Negociaciones inventadas. Alianzas extrañas pidiendo ayuda. Derrotas electorales en casa. Y potencial radicalización doméstica.
Esta no es la narrativa de victoria que Trump imaginaba. Es el comienzo de un problema político que solo crece si la guerra continúa sin resultados claros.
Alguien tiene que decirle al presidente: ganador es quien termina rápido y con apoyo. Esto no es ni lo uno ni lo otro.
Por Carlos Mendoza